Textos millonarios

Una noche negra en Cali

Una crónica que repasa una noche trágica en donde Biscay y Buján terminaron detenidos por la policía de Colombia.

Por Adrián Dalmasso (@adriandalmasso)

 

Enero 1993. Atardece en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Un cerrado aplauso corta abruptamente el murmullo de los pasajeros que aguardan en el hall central. Por una de las puertas de desembaco un grupo de jóvenes uniformados camina en fila india para reencontrarse con sus familiares. Algún desprevenido pregunta lo obvio. “¿Quiénes son?”. Otro responde. “Son pibes de River que fueron a jugar un Torneo en Colombia”. El desprevenido concluye, “Ahhh, ganaron”. La respuesta no se hace esperar. “No, ¿qué van a ganar? Los echaron por hacer quilombo y acá los reciben como héroes”.

El Torneo Esperanzas de Colombia fue organizado por América de Cali con el objetivo de brindarle rodaje a la Selección Sub 20 de ese país, en su preparación para el Mundial de la categoría que se jugaba en marzo de ese año, en Australia. Invitaron para el evento a los representativos juveniles de los mejores equipos del mundo. River Plate, Flamengo de Brasil, Sampdoria de Italia, Real Madrid de España y Nacional de Montevideo, entre otros. Pero desde el vamos, la organización del evento jamás pareció estar a la altura del prestigio de sus participantes. Las defecciones más notorias se manifestaban en dos ítems: la seguridad y los arbitrajes.

Al combinado Sub-20 de River lo dirigía Héctor López (el Gorrión) y marchó con paso firme durante los partidos de primera fase. Venció a Sampdoria por 1-0 y a El Remanso (un combinado local) por 3-0, e igualó 1-1 con Independiente de Medellín. El choque de cuartos de final determinó que su adversario iba a ser la Selección de Colombia. El caballo del comisario, de la organización y de los árbitros.

Algunos detalles puntuales pueden servir para graficar la mala predisposición con que River encaró ese juego ante Colombia. En el estadio de la ciudad de Buga no había vestuarios, se cambiaban a la intemperie dentro de un perímetro cercado expuestos a todo. La cancha no tenía alambrado y el público podía llegar hasta la línea de cal si se lo propusiese. Los pibes eran blanco de todo tipo de improperios que los argentinos supimos ganarnos con muestra manera de ser. Los árbitros eran de la liga local y sus performances en los partidos del cuadro cafetero habían sido poco menos que vergonzosas, criticadas hasta por la propia prensa local. De todas formas, nada justifica lo que más tarde ocurrió.

¡Cállese, argentino llorón! ¡¿Todavía no aprendieron de Malvinas?! ¡Ahora se va! ¡¡¡Fuera!!! 

Con un partido parejo y relativamente tranquilo, el juez Jairo Escobar cobró una fuerte falta del defensor de River, Matías Biscay. Metió la mano en el bolsillo de atrás para sacar la roja y el joven millonario se las agarró tratando de impedir la expulsión. A Escobar se le cayeron las tarjetas al suelo y luego de recogerlas, también metió la pata. Le aplicó un cabezazo a Biscay, que viendo su nariz sangrante quedó preso de la furia. Lo sacaron de la cancha entre varios suplentes 5 minutos luego. El partido estaba definitivamente picado. Encima, del cobro de la falta llegó el primer gol colombiano.

Las cosas fueron empeorando. Antes del cierre del primer tiempo fue expulsado Ricardo Castellani por juego brusco y a los 15 del complemento (con el match 2-0) el que vio la roja fue el volante José Latorre, que había empujado al árbitro en otro arranque de prepotencia e irracionalidad. Dicen que lo que desató el pandemónium fue una desafortunada exclamación del juez Escobar, gritando a viva voz “¡Cállese, argentino llorón! ¡¿Todavía no aprendieron de Malvinas?! ¡Ahora se va! ¡¡¡Fuera!!!”.

La golpiza fue tremenda. Voló una mano contra un línea y la siguieron otras también con los chicos del Sub-20 colombiano como destinatarios. Entró la Policía con sus escudos y machetes. También, particulares desde las tribunas y rápidamente, el pleito se transformó en una lucha de los pibes contra el pueblo. Hubo corridas díscolas por todo el campo de juego, los pibes de River perdidos en un torbellino de bronca y violencia, habían elegido el peor de los caminos. Mientras unos pocos sensatos empujaban al plantel afuera, los chicos se marchaban agitando sus camisetas, regalando cortes de manga y devolviendo a las tribunas las toscas y naranjas recibidas. Bochornoso.


La cadena Caracol repitió hasta el hartazgo las imágenes de la vergüenza. Jairo Escobar, actor fundamental en este lío, habló a la prensa y no estuvo muy feliz al decir que “algunos jugadores argentinos olían a licor”. Varios chicos de River (José Latorre, Ricardo Castellani, Matías Biscay, Hernán Racitti, Cesar Zinelli, Hernán Buján, Diego Gavazzi) fueron detenidos por la Policía y denunciados por violencia pública y daños contra la propiedad. Hasta el Cónsul argentino tuvo que intervenir.

Los argentinos tenemos -entre varios- dos problemas fundamentales: el de nunca perder bien, y el de pretender arreglar a las piñas lo que creemos injusto. Tal vez, lo más sensato lo dijo horas mas tarde Juan José Bellini, Presidente de la Federación Colombiana. “No hay que juzgar al fútbol argentino por un grupo de niños malcriados como los que presentó River Plate. Además, el árbitro también es otro malcriado, que no tiene categoría para dirigir”.
A todo esto, queda flotando una pregunta: ¿qué cosa aplaudían los familiares de los jugadores cuando arribaron a Ezeiza? Telón lento y sin palmas.

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