Textos millonarios

La fanática revolucionaria

Ícono de las tribunas del Monumental, fue la primera mujer que peleó por un lugar entre la hinchada. Recordamos las huellas que dejó en River y las historias más destacadas de la Gorda Matosas.

Por Gustavo Cardone*

Ya instalada en la institución, se propuso conseguir el manto sagrado. Primero fue “víctima” Amadeo Carrizo, a quien se lo pidió en varias ocasiones. El buzo de arquero, una camiseta, lo que venga. Lo admiraba al Viejo. Pero el que finalmente “cayó” fue Roberto Matosas en 1964, en el Monumental. Cuando el uruguayo por el que River pagó una fabulosa suma debutó, cedió a la demanda y le regaló entonces la número seis que Haydée Martínez vistió para siempre, en cada fecha. A partir de ahí, nació el mote. “La camisola gloriosa me la obsequió el uruguayo y de ahí viene el honroso sobrenombre que me pusieron”, sostuvo de manera contundente.

La imagen maciza de esta mujer se fue convirtiendo en una postal dominguera con esa camisa desabrochada; primero en la general, luego casi siempre en la platea San Martín baja o en los pasillos contiguos a la fosa que rodea la cancha. Con el faso largo en mano, gorro rojiblanco y dos silbatos en el cuello, solía agitar los brazos arengando, insultando a los árbitros y al elenco contrario.

Estaba tan identificada con River que hacía lo imposible para ir a verlo. Incluso en el estribo de un tren viajando horas y horas, como cuando por la primera fecha del Nacional 67 el Millonario debió trasladarse a Santiago del Estero, derrotando a en Central Córdoba por 1-0 con gol de Jorge Solari. No disponía del suministro para ir, pero no se quedó con las ganas. Viajó diecinueve horas escondiéndose en el baño, pasando de vagón en vagón para que el guarda no la agarrara. Y zafó. Juan Carlos Guzmán, ex defensor que había llegado en 1966 proveniente de Independiente y siguió en el Millonario hasta 1970, le dijo a este autor: “Cuando arribé a River ella ya se mezclaba con los planteles. Se destacaba claro los domingos y la veía entre semana. Ese día nosotros fuimos en avión a Santiago, pero ella sí otras veces nos acompañó a Rosario, por ejemplo, en tren porque reservaban todo un espacio exclusivo para nosotros y estaba todo bien, siempre fue muy respetuosa. Y nosotros por supuesto le comprábamos algún billete; nunca fue una molestia”.

Sus primeros pasos en las tribunas no fueron fáciles. Era muy poco común que las chicas estuvieran ahí, en medio de la “popu” con los muchachos del tablón. No es como ahora, que por ejemplo, en la barra de All Boys ha pasado que una joven corpulenta saltaba y alentaba… ¡con sus pechos al aire, sin pudor alguno! No, en aquella “era paleozoica” no era así. En el ’65, por ejemplo, un día la policía tuvo que actuar porque algunos jóvenes riverplatenses se calentaron… Y no sólo por los arbitrajes perjudiciales tan propios de la época. Al verla así, tan robusta, más de uno fue a encararla y no con pretensiones de casamiento, precisamente. Se produjo entonces una avalancha. En medio del amontonamiento, una amiga la cuidó, pero ella se defendió solita. Después, ya no la molestaron más; se había ganado respeto y consideración. Y si tenía que defender a River y a su gente, lo hacía. Afuera y adentro. Como cuando Santos goleaba a El Más Grande 4-0 en el estadio General San Martín, durante el torneo de verano Mar del Plata 1967. No importaba que se tratara de un amistoso, a la Matosas esa categórica derrota le dolía. Es que a los veinte minutos los brasileños ya eran muy superiores y se imponían con cierta facilidad. Molesta, se desprendió de la hinchada y se mandó. Quiso saltar el alambrado e ingresar al campo de juego, viendo al Millonario tan dominado por Pelé y sus pibes… pero en el intento cayó y se lastimó.

No fue nada con respecto a lo que ocurrió contra los xeneizes en diciembre de 1969, cuando casi se muere. Fue por la última fecha del torneo Nacional: el fixture decía que River debía recibir a Boca como local. Hasta ese entonces, nunca habían disputado una final. Justo los xeneizes llegaban punteros, con dos unidades de ventaja. Si el Millonario ganaba, los clásicos rivales disputarían un cotejo de desempate para definir el certamen. Había una expectativa enorme, mucha tensión. De tantos nervios, Haydée se bajó una caja entera de cigarrillos. ¡Le atacó el corazón y se desplomó! Adentro, la Banda también se caía: quedó en desventaja de dos goles ante la algarabía de los boquenses. La Negra fue atendida y entonces la asistió el doctor de River, Oscar Domato, quien le indicó reposo y que se retirara a su domicilio. Había terminado la primera etapa, el Millo estaba 0-2 abajo… y capaz que esta mujer, aún en ese estado,  iba a dejar solo al equipo. “Yo no abandono, como hace Boca”, pareció decir. Se quedó firme a pesar del malestar y alzó su voz: “¡Viva River, aunque yo me muera!” La gente la ovacionaba y le pedía: “¡Matosas no te mueras!” Hizo sonar de nuevo los pitos y comenzó a decirle a quienes estaban cerca: “Por las dudas, si me muero, envuélvanme en una bandera de River, hagan el velorio en el centro del Monumental, usen un cajón rojiblanco y pongan la marcha del club”. En el terreno, River moría de pie: reaccionaba y lograba empatar; casi lo gana. Boca, tirado atrás por completo, logró sostener la igualdad y se coronó. Otro subcampeonato. Otro certero ataque al corazón.

A principios de los ´70, ya era tan conocida Haydée que la convocaron para un reportaje en la revista Siete Días. Pero fue un reportaje poco común. Se apersonó con todo su “arsenal” riverplatense habitual (como si fuera a la cancha) en la redacción de la Editorial Abril, con el propósito de brindarse para la charla sin saber que el responsable de las preguntas era… ¡Quique El Carnicero, en ese entonces el jefe de la hinchada boquense! Un “juego periodístico” que la Negra ignoraba, ya que había escuchado de él pero no conocía su fisonomía. La “entrevista” se desarrolló con normalidad hablando de fútbol y, sobre el final, casi “se pudre” cuando le informaron que en realidad era un improvisado reportero y que se trataba del líder de la Doce. Haydée se atormentó y tomó distancia del boquense, enojada. Los periodistas trataron de suavizar las cosas. “¿La verdad? Estuvieron mal”, les dijo luego a los responsables y a Quique, ya más tranquila.

*Extracto del libro “Monumentales” de Gustavo Cardone por Abarcar Ediciones.

*Conseguí la edición Nº 57 en  —>> Tienda 1986.

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