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El día en que Gardel pidió conocer a Bernabé

Sucedió en agosto de 1933, en un hotel de Rosario. River había jugado un amistoso frente a Newell’s. El Zorzal Criollo estaba actuando en la ciudad. “Así que vos son La Fiera”, le dijo Don Carlos al goleador. “No, maestro, la fiera es usted cuando canta”, respondió el hombre que revolucionó al fútbol argentino.

Por Miguel Ángel Bertolotto

Adolfo Pedernera, ese Maestro del fútbol y de la vida, solía entregarme maravillosas historias cuando nos sentábamos a compartir una mesa, siempre alrededor de un par de cafés, en la confitería de River. En algunas ocasiones, para entrevistas pactadas; en otras, la mayoría, para charlas informales, de esas que incluso son más sustanciosas cuando no hay una libreta de apuntes o un grabador de por medio.

Una tarde de los años noventa, en una de esas conversaciones en las que el reloj no tenía cabida, salió el nombre rutilante de Bernabé Ferreyra. Y Pedernera me contó: “Estábamos en Rosario y en eso se apersonó Carlos Gardel, nada menos. ‘Así que vos sos La Fiera… Quería conocerte’, le dijo Don Carlos. ‘No, maestro, la fiera es usted cuando canta’, le contestó Bernabé”.

Su espectacular transferencia de Tigre a River, sus bombazos marca registrada y sus récords que se sucedían uno tras otro produjeron un hecho inédito en aquellos momentos: las canchas no daban abasto para contener el entusiasmo y la avidez para ver a Bernabé.

La ilimitada fama de Bernabé traspasaba tanto el fútbol que otro fenómeno popular como Gardel se quería dar el gusto de estrecharle la mano, de intercambiar vivencias, de establecer un vínculo, de saber qué pensaba ese hombre que había revolucionado el fútbol argentino cuando el profesionalismo estaba dando sus primeros pasos. Su espectacular transferencia de Tigre a River, sus bombazos marca registrada y sus récords que se sucedían uno tras otro produjeron un hecho inédito en aquellos momentos: las canchas no daban abasto para contener el entusiasmo y la avidez para ver a Bernabé.

Cualquier escenario quedaba chico porque no sólo los hinchas de River querían presenciar sus epopeyas goleadoras: también hacía cola para conseguir localidades gente no sólo imparcial sino también de otros equipos. La escenografía, domingo tras domingo, se repetía invariablemente: juega Bernabé, tablones repletos.

Aquel placentero diálogo con Gardel en Rosario tiene una historia. El encuentro entre los dos ídolos ocurrió el martes 15 de agosto de 1933, después de un partido amistoso que River le ganó 2-0 a un Newell´s que participaba en los torneos de la Asociación Rosarina de Fútbol. Bosio, Basílico y Cuello; Santamaría, Chalú y Wergifker; Zatelli (reemplazado luego por Malazzo), Manuel Ferreira, Bernabé Ferreyra, Peucelle (Lago) y Nazareno Luna fueron los vencedores tras un primer tiempo sin emociones y con reclamos a viva voz a La Fiera.

¿Por qué? Porque Bernabé no había podido hacer goles. Los rosarinos se sentían defraudados: la gran atracción del espectáculo estaba en deuda, según los simpatizantes. Muchos habían llegado en largas caravanas desde diferentes zonas de la provincia de Santa Fe. River era constantemente requerido por el interior del país, pero las entradas tenían dos precios: dos pesos si jugaba Ferreyra y un peso si no jugaba el crack. A ese nivel llegaba el imán de La Fiera.

Cuando Bernabé se retiraba a los vestuarios luego de esa aburrida primera etapa, una mujer desde la tribuna le preguntó socarronamente: “¿Y los goles, Bernabé? ¿Dónde están los famosos goles? Queremos verlos”.

El Ñato -el apodo que llevó desde la cuna por la particular forma de su nariz- viajó en auto desde Rufino con su hermano Paulino y tres amigos. El vehículo iba cargado con escopetas de caza, municiones y todos los elementos necesarios para un picnic. El Gran Bernabé, un excelente libro escrito por Antonio Martín, recrea una graciosa conversación entre Carlitos Peucelle y Bernabé. “¿Vos venís a jugar al fútbol o a cazar a Rosario?”, le preguntó el sapiente Barullo. “¡Y qué querés! Se me tiraban encima las martinetas por el camino. ¡Me tenía que defender!”, respondió La Fiera con una sonrisa.

Cuando Bernabé se retiraba a los vestuarios luego de esa aburrida primera etapa, una mujer desde la tribuna le preguntó socarronamente: “¿Y los goles, Bernabé? ¿Dónde están los famosos goles? Queremos verlos”. Él no dijo una sola palabra. En el segundo tiempo, apareció el Bernabé incontenible para los defensores adversarios que todos habían ido a ver: convirtió dos goles en una ráfaga de un par de minutos. Y acalló a los disconformes. Al final se acordó de aquella señora. La miró y, alambrado de por medio, le dijo: ”¿Usted quería los goles? Ahora está servida”.

Luego del triunfo, Bernabé, Peucelle, un jovencísimo Pedernera, algunos jugadores más y un señor llamado Daniel Caffieri partieron hacia el hotel Italia. Ahí se alojaba Carlos Gardel, quien estaba actuando en Rosario con un éxito rotundo. Caffieri, que era muy amigo de Bernabé, del Zorzal Criollo y de Antonio Liberti, presidente de River y hombre clave en la contratación de Ferreyra, llamó a la habitación de Gardel para averiguar si se encontraba allí.

Don Carlos estaba haciendo gimnasia junto a sus guitarristas Guillermo Barbieri, Domingo Riverol y Julio Vivas, y al letrista y escritor Alfredo Le Pera. La cumbre Gardel-Bernabé se dio enseguida. Y surgió el respetuoso ida y vuelta, con mutua admiración, que rememoraba Pedernera en el comienzo de este artículo.

En escasos minutos, los dos pegaron muy buena onda. El Ñato y sus acompañantes le pidieron a Don Carlos que cantase un tango. Gardel entonó a capella Mano a mano, de Celedonio Flores. Un rato más tarde, volvieron a verlo en el lobby del hotel: el Zorzal ya vestía traje porque se aprestaba a dirigirse a una de sus actuaciones. La amistad quedó sellada.

En otra oportunidad fueron al hipódromo de San Isidro para observar la performance del legendario jockey Irineo Leguisamo, de quien Gardel era íntimo amigo. Ese día se pudieron haber sacado una foto juntos, tres de los más grandes ídolos de la Argentina en aquel tiempo (el cuarto era el boxeador Luis Angel Firpo), pero los rodeaba una multitud y no pudieron hacerlo.

La popularidad de Bernabé era tan manifiesta que encandilaba no sólo a la gente común, la que disfrutaba de sus goles en las canchas y lo tenía en un pedestal, sino que también seducía a las más notorias personalidades de la política, la cultura, el arte y el deporte de nuestro país. En 1935, en un partido de fútbol, el presidente Agustín Pedro Justo -gobernó la Argentina entre 1932 y 1938- se acercó hasta el vestuario de River para conocerlo. “Así que usted es Bernabé Ferreyra. Vine a saludarlo porque los diarios hablan más de sus goles que de mí”, le dijo el primer mandatario. El Ñato, ruborizado, sólo pudo agradecerle semejante cumplido.

Le dedicaron pinturas, poesías, bustos de bronce. También le hicieron varios tangos: Bernabé La Fiera, Balazo, El Mortero de Rufino.

El cine reclamó a Bernabé en 1936. Participó de la película El cañonero de Giles, dirigida por Manuel Romero y cuyos intérpretes principales fueron Luis Sandrini y Luisa Vehil. El argumento de la comedia, estrenada en 1937 y con varias escenas filmada en la vieja cancha de River de Avenida Alvear y Tagle, se basaba en la historia de un jugador de fútbol de un pueblo. “Para mi amigo Bernabé, amistosamente. L. Sandrini. 1936”, decía la dedicatoria que le escribió el gran actor en una fotografía en donde se los veía juntos, abrazados, ambos vestidos con los colores de River -camisa blanca con botones, banda roja y escudo en el costado del corazón- y con los pies pisando una pelota.

Le dedicaron pinturas, poesías, bustos de bronce. También le hicieron varios tangos: Bernabé La Fiera, Balazo, El Mortero de Rufino. Y en el célebre El sueño del pibe (1942), con letra de Reynaldo Yiso y música de Juan Puey, en un momento se dice: “Dicen los muchachos/de Oeste Argentino/que tengo más tiro que el gran Bernabé”.

La Fiera también cultivó una sólida amistad con Aníbal Troilo, quien solía ir por las noches a las concentraciones del plantel a tocar el bandoneón y el domingo, los días de partido, siempre pasaba por el vestuario de River para abrazarse con Bernabé y con sus compañeros. El poeta Celedonio Flores fue otro de los inseparables compinches del goleador que brillaba con luz propia.

El boxeo le apasionaba a Bernabé. Era habitual ubicarlo a la vera del ring que se armaba en la cancha de Alvear y Tagle cuando peleaba Justo Suárez, el Torito de Mataderos, uno más de los que figuraba en la lista selecta de sus amigos. Con Luis Angel Firpo, otra bandera del deporte argentino en ese entonces, vivió una situación particular en 1936. El Toro Salvaje de las Pampas tenía 41 años, había vuelto al boxeo después de una década y se enfrentaba con un joven chileno llamado Arturo Godoy.

Bernabé no se quiso perder la pelea y ahí estuvo, firme junto al cuadrilátero. Firpo abandonó el combate y la muchedumbre, incluido el Ñato, dejó el estadio con un nudo en la garganta: habían comprobado que el ídolo se había equivocado en regresar a los rings y que el que acababan de observar era el inexorable epílogo de su carrera.

En 1939, año en el que apenas jugó dos partidos en Primera, reunió a los dirigentes de River y les anunció sin subterfugios: “Antes de que el fútbol me deje a mí, prefiero dejarlo yo”. Tenía 30 años.

Tiempo más tarde, según escribió Antonio Martín en su libro, Bernabé razonó sobre lo que había visto de Firpo ante un grupo de periodistas de Rufino: “¿Ven esa escalera? Yo subí deportivamente hasta los últimos escalones. Pero cuando sentí que las piernas no me respondían para darme entero como lo había hecho siempre, decidí bajarme solito antes de que me fuera al suelo a dar lástima”. En 1939, año en el que apenas jugó dos partidos en Primera, reunió a los dirigentes de River y les anunció sin subterfugios: “Antes de que el fútbol me deje a mí, prefiero dejarlo yo”. Tenía 30 años.

De aquel año 39, Angel Labruna relataba una anécdota que pinta a Bernabé de cuerpo entero: “Él ya se estaba retirando y jugamos juntos unos partidos en Reserva. En uno de ellos, contra San Lorenzo en el Monumental, me hizo tres pases y convertí tres goles. Mi ídolo me servía la pelota para que yo hiciera los goles”. Cuando Angelito era un chiquilín de 14 años, su padre le consiguió una foto autografiada por La Fiera.

“Al futuro crack en ciernes. Bernabé Ferreyra. 1932”, había escrito en la dedicatoria el hombre de los goles impactantes. Angel, emocionado, puso el retrato en la vidriera del negocio de relojería de su papá. El pronóstico de Bernabé, al fin de cuentas, resultó más que certero: Labruna no sólo fue un crack sino que se convirtió en el mayor símbolo de la historia de River.

Bernabé tuvo una colección de apodos, aunque los más renombrados resultaron El Mortero de Rufino y La Fiera. Cuando jugaba en Jorge Newbery de Rufino -lo promovieron a Primera antes de cumplir los 15 años- y empezó a destacarse por sus remates furibundos que desembocaban en goles para el asombro, los diarios de su pueblo comenzaron a rebautizarlo: Pibe Cañonazo, Pies de Dinamita. Ya en Buenos Aires, lo llamaron Balazo, Cañonero, Romperredes. Cada uno que lo veía jugar, le adosaba un sobrenombre diferente.

El periodista Hugo Marini salía de una cancha y escuchó este diálogo entre un veinteañero y un hombre mayor que parecía provinciano. “¿Y tío, que le pareció Bernabé?”, inquirió el muchacho. “Bernabé no es un hombre, es una fiera”, contestó con su particular tonada el señor que peinaba canas. Marini volvió a la redacción del diario Crítica, medio en el cual trabajaba, e inmortalizó el apodo: La Fiera.

Don Bernabé, el padre, murió cuando el Ñato tenía apenas dos años y desde ese instante lo cuidaron sus hermanos mayores. Y Paulino, que jugaba en Jorge Newbery, era el que lo entrenaba mañana y tarde. “Mis hermanos estaban empeñados en que yo fuese el shoteador más fuerte de Rufino. ‘¡Más fuerte, más fuerte, más… Todavía más fuerte!’, me pedían cuando me hacían patear la pelota”, recordaba Bernabé. Pese a que su corta edad, pateaba con los pies descalzos. “Para sentir la pelota, no hay nada mejor que el pie descalzo”, comentaba.

Después de Jorge Newbery, jugó en el BAP de Junín y también tres partidos en la Primera de Newell’s en la era amateur. Pero retornó a Rufino. Hasta que Alberto Monge, un buscador de talentos, lo llevó a Tigre. Y en un partido con San Lorenzo en 1931, en el estadio de Boca, su nombre acaparó las miradas y los elogios de propios y de extraños. Su equipo perdía 2-0 y faltaban diez minutos para el cierre del encuentro. En ese corto lapso, Bernabé hizo tres goles para rubricar el 3-2 de Tigre. Lo esperaba la popularidad más resonante.

Uno de los espectadores de esa primera hazaña de La Fiera fue Antonio Vespucio Liberti, a quien a fines de 1931 lo designaron titular de la Subcomisión de Fútbol de River. Don Antonio, el enorme visionario al que el club le debe la construcción del Estadio Monumental, se propuso formar un gran equipo. Y primero apuntó a Bernabé.

Tras largas y complejas gestiones con Tigre, se acordó la transferencia en cifras siderales para la época: 35.000 pesos y el pase de Emilio Castro tasado en 5.000 pesos. Ferreyra solicitó 10.000 pesos de prima, contrato por dos años y radicación en Rufino para viajar sólo los fines de semana a jugar los partidos (lo hacía en un avión trimotor de la compañía Panagra y pagaba cada vez 60 pesos de su propio bolsillo). En total, una operación de 50.000 pesos.

Bernabé debutó el 13 de marzo de 1932, en un 3-1 a Chacarita, con dos goles -el segundo de penal- al arquero Eduardo Pibona Alterio (tío del actor Héctor Alterio). Con un físico que no impresionaba -medía 1,75 metros y pesaba 76 kilos-, con sus piernas muy delgadas, con sus botines de cabritilla confeccionados a medida, con sus medias de seda, sin vendarse nunca los tobillos ni usar protecciones, la tremenda potencia de sus disparos y su infalible puntería le permitieron batir todas las marcas goleadoras (en River convirtió 202 goles en 195 partidos, con un descomunal promedio de 1,035) y sacudieron los cimientos del fútbol argentino.

Pateaba con la misma fuerza con pelota detenida o en movimiento: las viejas crónicas sostenían que sus tiros llegaban a los 200 kilómetros por hora. No había prácticamente rival que se le resistiese; tanto que el diario Crítica y algunas empresas llegaron a premiar a los arqueros que mantenían la valla invicta ante su apetencia ofensiva. River se consagró campeón en ese año 32 y, con la resonante incorporación de Ferreyra, asoció para siempre el incipiente apodo de Millonarios que había nacido con las contrataciones de Carlos Peucelle y de l uruguayo Pedro Lago. Bernabé resultó un fenómeno deportivo y social sin igual: sin caer en la menor exageración, se puede afirmar que hubo un antes y un después de él en nuestro fútbol.

Uno fue una Fiera haciendo goles. El otro fue una Fiera cantando. En aquel grato encuentro en Rosario, el lejano 15 de agosto de 1933, Bernabé y Gardel escribieron sin saberlo otro capítulo para sus historias. Las historias de dos leyendas, de dos íconos, de dos mitos. Las historias, claro que sí, de dos Fieras.


ESTE ARTÍCULO PODÉS ENCONTRARLO EN EL N°96 DE REVISTA 1986

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