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El apogeo de una escuela

El increíble triunfo de River contra el Manchester City. Qué dijo el mundo del fútbol de aquel partido histórico. Los dos goles de Labruna y la definición de Walter Gómez. Un partido que, de amistoso, sólo tuvo la intención.

Por Adrián Dalmasso (River Lujo y Pueblo)

Saliendo por el túnel de Maine Road, una piña helada los estremece. Hace un frío inolvidable y las casacas abotonadas no atajan nada en absoluto. La nieve de la noche ha sido apartada a duras penas del campo de juego, dejando un suelo barroso que se hunde con las pisadas.

Es la tarde del 2 de febrero de 1952 en Manchester. Las tribunas del estadio se difuminan en sus contornos superiores por una espesa bruma que no tardará en convertirse en llovizna. Parados en el círculo central, levanta las manos hacia una multitud indiferente, pero especialmente, para un grupito de muchachos que gritan “¡¡Ar-gen-tina!!” desde lo alto. Son los tripulantes del buque Eva Perón, anclado en el puerto ese domingo.

Cuesta recrear las sensaciones experimentadas por el plantel de River esa jornada inolvidable en Inglaterra. Camino al estadio habrán observado boquiabiertos las huellas de centenares de edificios bombardeados al tronar de la Segunda Guerra Mundial. Hay ojeras indisimulables en la delegación, producto de la fatiga ya crónica de un viaje demencial. La aventura iniciada en diciembre de 1951 arribaba a su punto culminante trayendo consigo un desafío demasiado seductor. ganar por primera vez en la tierra de los inventores del fútbol.

De amistoso, sólo el rótulo. El juego se vende como un choque de estilos y la clase obrera -sustento popular del City- abarrota las tribunas del viejo estadio. Nadie regala nada. River es consciente del valor histórico de lo que está en juego. La gloria, el reconocimiento, el orgullo. Los ingleses lo hacen para defender lo que ellos todavía consideran una verdad irrefutable: su dominio mundial en el planeta fútbol.

Han escuchado que hace unos años en la Argentina existió un equipo al que llamaban La Máquina y que cambió para siempre los parámetros del juego. Había un clamor popular por redimir esa herida en el orgullo y esa tarde era su chance.

Pero con la pelota rodando, la verdad aflora notablemente. River hace la ilógica y sale directo a la yugular. En 10 minutos ya está 2-0, merced a una ráfaga de Labruna. Los ingleses son más rápidos y más fuertes, pero corren detrás del balón como un perrito inexperto. A los 25, Brannagan y Hannaway cargan flojitos ante Vernazza y terminan desparramados en el lodo. Guito esquiva al arquero y se mete con pelota y todo en la valla local.

El estupor es inenarrable. Un rato más tarde descuenta Meadows, pero el baile sigue su curso. A 4′ del final, Walter Gómez se despega de su marca con un amague, juega la pared con Labruna y define cruzado y bajo para el 4-1. No vuela una mosca cuando suena el pitazo final de la etapa. Nadie lo puede creer.

Para el complemento la historia cambia.  Además del City, River juega los 45′ finales ante dos rivales inexpugnables: el campo de juego y el árbitro. La cancha, que en el primer tiempo está blanda y despareja, es ahora una ciénaga que se agranda con la llovizna que no cesa.

Los locales sienten el apuro de la vergüenza y meten pata en forma desmedida y temeraria. Los ampara Mister Mortimer, juez del partido, que opta por hacerse olímpicamente el pelotudo y juega decididamente a favor del empate de los locales.

El millonario arranca tranquilo, pero pronto se da cuenta de que las piernas no le responden. Hay una fatiga en los músculos y el barro no ayuda. En esa época no hay cambios, hay que aguantar.

A los 10′, Clark anota el segundo luego de un centro de Hart y los locales se vienen al humo. A los 25′, hay un borbollón en el área, caen abrazados dos jugadores, se oye un estallido alienado de la gente y el juez marca el esperado penalcito de cortesía. Lo ejecuta Revie y pone el 3-4.

En ese momento de confusión y euforia rival, cuando aflora la estirpe ganadora de ese gran equipo, Walter Gómez y Loustau se hacen enormes en los veinte finales con el sólo hecho de tener el balón en sus pies, enfrían el ritmo, estrujan el reloj. Pacha Yácono, José Ramos y Héctor Ferrari le ponen rigor a sus marcajes y Amadeo Carrizo ahoga ilusiones descolgando los mil y un centros que caen en el final.

Hay un último intento, un último centro, un último rechazo de cabeza. Hay tres pitazos secos n muy convencidos que se escuchan entre el desencanto. Una treintena de gritos copan el gélido crepúsculo de Manchester. Hay abrazos entre esos 11 hombres conmovidos, empapados en fango. Los suplentes de buzos grises se suman engarrotados al delirio.

Alguien ingresa agitando una bandera: es Machín, el masajista. Alguien camina parsimonioso, saludando a los derrotados con respeto y orgullo: es José María Minella, el DT. Alguien, puro en boca y enfundado en un soberbio gabán, baja de las tribunas y se mete en el campo de juego sin empacho de embarrar sus costosos zapatos: es Antonio Liberti y está exultante.

Carrizo; Ramos y Soria; Yácono, Spada y Ferrari; Vernazza, Prado, Gómez, Labruna y Loustau fueron por River.

Trautmann; Bannagan y Hannaway; Paul, Rigby y Phoenix; Hart, Revie, Meadows, Broadis y Clarke lo hicieron por el local.

Hoy, el City es propiedad de un magnate multimillonario que ha acumulado un plantel de estrellas para vender camisetas y lavar su petrodólares. El estadio de Maine Road fue demolido en 2004 y en sus ruinas históricas se erigió un burdo estacionamiento.

River sobrevive a los ponchazos de una realidad mediocre, añorando años buenos y no tan lejanos. Del partido que le dio el primer triunfo a un equipo argentino en tierras inglesas, sólo quedan estos recuerdos imborrables y un obsequio en forma de pelota, en un lugar privilegiado del Museo del Monumental.


SÍNTESIS DEL PARTIDO DISPUTADO EL 2 DE FEBRERO DE 1952

River (4): Amadeo Carrizo; José Ramos y Lidoro Soria; Norberto Yácono (ST 4′ Adolfo Montes), Juan Carlos Spada y Héctor Ferrari; Santiago Vernazza, Eliseo Prado, Walter Gómez, Ángel Labruna y Félix Loustau.

Manchester (3): Trautmann; Bannagan y Hannaway; Paul, Rigby y Phoenix; Hart, Revie, Meadows, Broadis y Clarke.

Goles: 6′ y 12′ Labruna (R), 26′ Vernazza (R), 35′ Meadows (M), 42′ W. Gómez (R), 67′ Clarke (M) y 74′ Clarke (M) de penal.

Cancha: Manchester City (Inglaterra)


Texto extraído de riverlujoypueblo.blogspot.com.ar

ESTE ARTÍCULO PODÉS ENCONTRARLO EN EL N°19 DE REVISTA 1986

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