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El hijo de Doña Rosa

La historia de uno de los fundadores de La Máquina. Su debut y los años de gran éxito de uno de los equipos más importantes de la historia del fútbol. La influencia de Bernabé. Su épica es maestro de juveniles. Un recuerdo imborrable.

Por Adrián Dalmasso (River Lujo y Pueblo)

Existen tres respuestas posibles para la siguiente pregunta: ¿es Adolfo Pedernera el mejor jugador de la historia de River? 1): Seguro que si. 2): Si. 3): Tal vez sí. Todavía nadie en su sano juicio a esbozado un “no” como respuesta.
Avellaneda tiene nombre de alta alcurnia, pero a finales del 10 lo que abundaban eran baldíos e ilusiones efímeras de progreso. En alguna hora incierta del 15 de noviembre de 1918 nacía allí un niño con un pan invisible bajo el brazo y con un futuro previsible de sudor y laburo. Pero lo que el futuro ignora es que el destino ya tenía todo escrito de un modo muy diferente. Lo bautizaron Adolfo y es un purrete rubietón y menudo, que sólo conoce reyes magos pijoteros. La escuela es un obstáculo inevitable, que da paso a la merienda y libertad de la tarde en los terraplenes con la pelota y amigos. Y es entonces algún descampado bonaerense, el aula severa donde el nuevo maestro se foguea.
A los 16 la pasión por el fútbol no ha cambiado, pero si el barrio. Ahora Adolfo es un muchacho de Patricios. Es un adolescente a medio hacer, no tan alto, no tan fornido. Tiene una mirada tímida que se evapora al instante de pisar un campo de juego. Ya entrena en River, donde llegó con edad de quinta. Pero, que va, el pibe es tan bueno que al húngaro Emérico Hirsch no le queda otra que decirle “Mire, señorito, va a debutar usted”. Y el señorito de 16 años se queda para siempre, porque además de lo que trae desde la cuna, también es una esponja que absorbe todas las enseñanzas de figuras como Bernabé Ferreyra, José María Minella, o Carlos Peucelle. Juega en la punta izquierda pero anota goles como un centrodelantero. Empuja con su aporte la llegada de 2 campeonatos en esa década.
Porta Pedernera, ya en 1941, un físico tallado, rocoso y compacto. Sus piernas son pilares gruesos y su torso un colchón king size que bancan cualquier embate. Quedará para la historia dilucidar si fue Cesarini o fue Peucelle, quien decide que debe jugar en el centro y mas retrasado. Lo cierto es que con esa decisión desatan un vendaval de fútbol, y River se saca la lotería. Si Pedernera era muy bueno en la izquierda, ahora, con mas espacio y mas tiempo para pensar, es poco menos que la excelencia en persona.
Conduce como tal vez nadie en la historia. Dinamiza el juego, codifica tácticas desconocidas, piensa mas rápido que los demás, tiene ojos en la espalda, posee eximia precisión en los pases largos, y explosión para el regate corto y el shot desde afuera, asiste y llega al gol en partes iguales, es inteligente y cerebral, además de elegante en lo estrictamente estético del juego. Maneja los hilos y los momentos, habla, ordena, caga a pedos.
Es el maquinista de la máquina, tanto que si él no juega no es lo mismo. Gana 3 campeonatos más y forma con sus históricos compañeros una cofradía de supremo entendimiento con el balón y el juego. Con algunos de ellos (Moreno, luego Pipo Rossi) viven la farra de la noche porteña a puro boite y tango. Adolfo tiene barrio, tiene calle, tiene valores y códigos. Por eso no se calla y da pelea en defensa de su verdad. Sus enconos con Labruna y Liberti adquieren fama. Se resquebraja una ligazón que nació para no romperse. A finales del 46 la tensión no se aguanta más. Atlanta llega con 140.000 pesos y se lo lleva.
La historia marca entonces un paréntesis que se corta en 1979. El hombre que atraviesa el portón de la Figueroa Alcorta en el retorno es ya un anciano venerable, de cabello nevado y andar cancino. A su paso lo secunda un silencio respetuoso de admiración. No es para menos, están viendo pasar a la historia. Don Adolfo entonces se recibe de maestro, adiestrando jóvenes figuras en un trabajo tan silencioso como imponente. Vive sus últimos años por y para River. Muere una tarde de mayo del 95. La pena es enorme.
Hoy Don Adolfo hace mucha falta. Podría darse una vuelta para poner algunas cosas en orden. Para escucharlo como en misa hablando de fútbol. Para acallar pendejos barriletes, vendedores de humo y giles mediáticos. Para volver a imponer los valores del barrio ante esta carnicería individualista. Para pelear por el retorno al fútbol juego y espectáculo, en detrimento de este mundillo garca, cultor de la mediocridad y el sálvese quien pueda.
Alguna vez, le preguntaron a Peucelle quién había sido el verdadero creador de La Máquina. Y, muy suelto de cuerpo, Don Barullo contestó sin ninguna vacilación: “Doña Rosa, la mamá de Adolfo Pedernera”.
Así las cosas. Gracias vieja.
Texto del blog River Lujo y Pueblo (riverlujoypueblo.blogspot.com)

ESTE ARTÍCULO LO PODÉS ENCONTRAR EN EL N°16 DE REVISTA 1986
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