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Muecas

El cuento millonario de las buenas noches. La historia de un loco que salió de un neuropsiquiátrico y escapó a la estadística futbolera tras recordar el gol del Beto con la pelota naranja.

Por Leandro Torrenti (@LocoReCuerdo)

Aquel noviembre de 2013, la primavera, que ya no era primavera, se estaba preparando para dejarle el lugar al verano, que ya no era verano. Por alguna razón, que nadie había podido o querido confirmar, el sol había dejado de alumbrar y la humanidad toda (o, al menos, la parte de la humanidad de la que se tenía alguna información) había sufrido una serie de mutaciones indispensables para poder sobrevivir.


En la ciudad sin luz, las noches, que duraban 24 horas por día, no tenían razón de ser.
El paisaje repetido, síntesis de la desolación, podía ser tomado como una imagen geográfica o psicológica de lo que se estaba viviendo. La falta de luz impedía el crecimiento de vegetación, en cualquiera de sus formas y el mundo estaba reducido a un enorme, gigante e insoportable desierto de tierra y agua.
A consecuencia de la falta de pasto, el fútbol había desaparecido.

Para no generar más caos del que se había producido, por causas que no quedaban aún del todo claras (estaban quienes hablaban de un estallido cósmico, otros que lo atribuían a un castigo divino e incluso quienes, aún tratados de locos, mencionaban -como algo similar a un mito- a algo relacionado con un rechazo, demasiado alto, de un tal Juan Insaurralde) un demagogo gobernante, valiéndose de los adelantos tecnológicos del momento, había creado un chip que, una vez insertado en el cerebro de cada uno de los habitantes del potrero sin fútbol -en que se habían convertido estas tierras- permitiría a los mortales poder recordar fielmente, cada uno de los datos estadísticos de los torneos argentinos, desde sus comienzos hasta el momento del apagón, a finales del lejano 2013.

Un ejército de ciudadanos, todos con las mismas estadísticas, se juntaban día a día, o en realidad, noche a noche, a la misma hora, a intercambiar información de datos acontecidos en el Siglo de Luces del Fútbol Argentino.
Hombres y mujeres; mayores y menores; niños y ancianos, repitiendo, como quien canta una canción en otro idioma -sin saber de qué se trata- cifras, datos, cantidades y porcentajes de goles, partidos disputados,  ganados, empatados y perdidos, tiros libres, expulsiones, campeonatos y descensos, de jugadores, entrenadores y comisiones directivas…
Todos tenían esa información, porque todos tenían ese chip. Todos menos un viejo, de unos 90 años, de quien poco se sabía.

Más: El boleto a la gloria, otro cuento de un LocoReCuerdo

El anciano, a quien apodaban Muecas, estaba encerrado en el neuropsiquiátrico de la ciudad sin luz, castigado tras haber sido encontrado escondido -para que no se le inserte el chip- .  Desde épocas inmemoriales, a mediados del siglo XXI, cuando el mandatario estandarizaba aún más a los habitantes de la lúgubre ciudad, el Viejo había perdido el habla y sólo se lo podía ver gesticulando, de diversas maneras, como si nada de lo que aconteciera alejado de su mundo, le perteneciera.

Muecas tenía una particularidad (o, más bien, una entre muchas): cuando transcurría ese intercambio de información de datos futboleros -con que la población pasaba las eternas noches- intensificaba, en gran escala, los movimientos de su rostro, como si fueran tics o algo parecido, al tiempo que su cuerpo se contraía, adoptando algo similar a la posición fetal…
El pueblo, maverizado, aportaba fechas y cantidades de goles y goleadores; expulsados y cambios; triunfadores y derrotados, al tiempo que Muecas -acurrucado como una Tango- movía ojos, nariz y boca, asemejando una sonrisa, una sorpresa, un rezongo o una desilusión…

Todos los días, que eran noches, eran lo mismo. Hasta que llegó esa noche. Ese día. El día.
Alguien mencionó una fecha para comenzar a intercambiar datos: 6 abril de 1986. Otro aportó el resultado: 0-2. Alguno hizo referencia a que Ruggeri, el 6, jugó de 2 y que el segundo central fue Karabín. También, estuvo quien hizo alusión a la condición de Campeón con que River llegó a ese partido.
Y entonces, en el fragor de los datos, se mencionó un hecho estadístico, sin saber que era mucho más que eso: “Primer Tiempo, 0-1, gol con la pelota naranja”.

Por primera vez, desde que se hablaba de cifras de fútbol, Muecas abandonó su posición esférica y mientras una lágrima recorría su mejilla, miró fijo a los ojos de quien lo estaba cuidando (como nunca había mirado fijo a nada ni a nadie) y, con no poca dificultad, balbuceó: “Alonso.  Norberto Alonso. Norberto Osvaldo Alonso. El Beto Alonso”.
Tan grande fue la conmoción ocasionada por la recuperación del habla de Muecas que, por una noche, los maverinos habitantes de la ciudad sin luz, decidieron no intercambiar estadísticas futboleras, sino escuchar al viejo, que encerraba tantos años como misterio.

El neuropsiquiátrico se vistió de salón de conferencias y Muecas -impecablemente bañado, afeitado y vestido para la ocasión-  mirando ya a todos a los ojos, les explicó su secreto más preciado: “Nunca quise escuchar, ni menos hablar de datos o cifras relacionadas al fútbol, no porque no me interesaran, ni porque no las considerara importantes, sino porque para mí, el fútbol es una sensación tras otra, no pudiendo quedar preso de lo frío del número de un gol, sin recordar el éxtasis, alivio, indiferencia, frustración o veneno que ese gol me haya producido al realizarse. Porque, ¿qué más es el fútbol que el recuerdo de lo que sentimos cuando aconteció una u otra jugada?”.

Nadie supo bien el por qué, pero, al abandonar todos el neuropsiquiátrico vestido de salón de conferencias, a un costado del oscuro cielo, un rayo de sol -del sol que los maverinos habitantes desconocían- comenzó a iluminar a la que pronto, dejaría de ser denominada la ciudad sin luz

 

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