Textos millonarios

Hermano mío

El autor del texto define lo que River es en su vida y cómo se fue dando toda esta relación de amor, llena de alegrías y sufrimientos.

Por Adrián Dalmasso

“Definí lo que River es para vos, flaco”, me preguntaron una vez. Pensé unos segundos y contesté lo primero que se me vino a la cabeza, y pese a eso, todavía me cuesta hallar una respuesta mejor: “River es el hermano que la vida no me dio”.

Salvo mi vieja, River me conoce mejor que nadie. Me ha acompañado en la cuna y en los primeros pasos. Ha ido junto a mí a la escuela. Ha estado conmigo en las veredas de mi juventud. Me he dormido pensando en él. Me ha arrancado muchas sonrisas y ha sido testigo también de algunas lágrimas que nadie más jamás vio. Me ha perseguido, como un perro fiel, hasta los nuevos rumbos lejos de casa, doblando ya la curva de los 40.

Y la Libertadores siempre fue “esa” debilidad. Dejamos jirones del corazón en su conquista. Se nos amontonaron los fracasos, pero cuando la dicha fue buena, las memorias son indelebles. Recuerdo la cocina en mi vieja casa al lado de las vías la noche del 29 de octubre de 1986. Todavía me parece verlo al Búfalo Funes girar con un defensor colombiano colgado del cuello y cruzar el remate para el 1-0, y luego sentir como la silla se hamacaba por el énfasis del festejo de mi padre (el hincha de River más hincha de River que he conocido).

Recuerdo también aquel 26 de junio de 1996, transitando el primer año en mi nuevo pago santarroseño. Esa noche apuré las respuestas de un parcial de filosofía para llegar a tiempo al depto a ver el partido. No lo logré. Doblando la esquina de O’ Higgins y Garibaldi escuché un enorme alarido que provenía de las casas del barrio. Hernán Crespo acababa de hacer el primero del 2-0 ante América de Cali. Esa noche fui a la plaza. Éramos miles en la madrugada.

Mucho más fresca, obvio, está en la memoria la noche del 5 de agosto de 2015. Aun evoco, no sin cierto pudor, haber cerrado los ojos para no ver cuando Carlitos Sánchez engañó al Patón Guzmán en el penal del segundo gol a los Tigres de Monterrey. Como también evoco mi festejo silencioso, lanzando infinitas piñas al aire en el living de casa, mientras la helada invernal y las bocinas de los vecinos, arreciaban la noche sobre Villa del Busto.

No resulta muy difícil entonces atar aquellas imágenes gloriosas, con el rechazo con los puños de Armani, el pase largo al vacío de Juanfer Quintero, y la corrida solitaria del Pity Martínez para depositar el balón en un arco desguarnecido, que es el primer recuerdo que se me viene a la memoria de esta tarde sin igual en el Bernabeú. Si me apuran, creo que esos 12 segundos que dura la jugada, son el pináculo de emoción millonaria en sus 117 años de historia.

Siempre supe íntimamente que esto ocurriría. Que tarde o temprano (tal vez no tan temprano) el millonario volvería a ser lo que su historia reclama. Que dejaría-ya lo hizo hace rato-de una vez y para siempre los fantasmas que lo hundieron en el peor abismo y recobraría el legendario prestigio que le permitió a la banda roja resistir cualquier comparación con los clubes más importantes del mundo.

Son las doce y pico ya del lunes. Dentro de pocas horas hay que madrugar y laburar. No tengo sueño. La tele repite los goles y la celebración. Afuera aún se escuchan algunas bombas y bocinas. Las figuritas vuelven a completar el álbum de la felicidad. La salud no jode. El trabajo paga dignamente la olla. Daniela, Alma y Lorenzo, duermen plácidamente en las habitaciones… Y River acaba de salir campeón de América. Y con el plus de ganarle a ellos para todos los tiempos por siempre jamás.

Nada podría estar mejor.

ESTA NOTA PODÉS ENCONTRARLA EN EL N°86 DE REVISTA 1986 CONSEGUILA EN NUESTRA TIENDA OFICIAL

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