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El robo de Guayaquil

Un partido escandaloso que dejó a River fuera de la Libertadores de 1990. El supuesto soborno.

—¿Vos sos periodista argentino, no?

—Sí.

—¿Sabés si vino Tití Fernández de Continental?

—No, no vino. Yo soy de El Gráfico.

—Bueno, te lo digo a vos. Este partido está comprado.

—¡¿Cómo?!

—Sí, hermano, está comprado. Pero salgamos de acá, vamos afuera. Ecuador es Colombia en miniatura.

Estas fueron las primeras líneas de la crónica con que El Gráfico cubrió la eliminación de River de la Libertadores del 90 a manos de Barcelona de Guayaquil. Los periodistas de esta revista, fundadores de un estilo que hizo escuela, a menudo más afecto a la novela que al rigor periodístico, sabían cómo hacer para enganchar al lector. Habrán recibido infinidad de acusaciones de este tipo, pero en este caso, lo ocurrido y lo denunciado se parecían llamativamente mucho.

El anónimo denunciante tenía datos precisos del supuesto soborno. El sábado previo al choque el vicepresidente de Barcelona, el Capitán Xavier Paulson y el preparador físico del plantel, el peruano Hernán Saavedra, habrían viajado a Lima para arreglar todo con Carlos Montalbán, juez del partido: le pagarían a él 15 mil dólares y 5 mil a un línea a cambio de que antes de los primeros treinta, Barcelona esté en ventaja y luego, le echen a River un jugador importante. La fuente sabía en qué hotel se habían reunido y cómo estaban vestidos los protagonistas del cónclave. Pero cronista y denunciante no eran los únicos enterados de esta movida sombría, toda la delegación de River sabía que “algo” se estaba tramando, pero no sabían bien qué.

Sugestionado, mal predispuesto, y tal vez, consciente de que iba a ser robado, River entró al Monumental de Guayaquil a jugar un partido de semifinal de Copa en un clima espeso, de nacionalismo exacerbado, y absolutamente viciado. A los dos minutos Uquillas le marcó la tibia a Zapata de un planchazo. Dos minutos más tarde, Carlos Muñóz fue victimario de Astrada con un cabezazo alevoso. Ambos debieron ser expulsados. Valía todo. Marcelo Trobbiani y los uruguayos Saralegui y Acosta fogoneaban la máquina. Hervían 40.000 personas al grito de “¡Ecuador!, ¡Ecuador!”, por el que tanto había pugnado por TV el Presidente de Barcelona Isidro Romero Carbo, ataviado con camiseta y vincha del club de sus amores. El trámite era anormal y un River con varios pibes (Miguel, Astrada, Zapata, Berti, Borrelli) estaba sobrepasado.

La revista El Gráfico reflejó el polémico partido en Ecuador

Los 45 minutos iniciales fueron un calvario. Montalbán permitía todo tipo de alevosías y descontrol. A los 21 ocurrió lo predicho. Una pelota cayó al área millonaria, a ella fueron Acosta y Serrizuela, ante el mínimo contacto el delantero local se dejó caer y el juez sancionó penal. El mismo Acosta venció a Miguel con toque suave y puso el 1-0. Cerca de 100 tipos que estaban tras los carteles ingresaron al campo a festejar el gol y –de paso- sobrar a los jugadores riverplatenses. No hubo una batalla campal de milagro. Por la protesta, el partido estuvo parado 10 minutos. La policía, escudo y bastón en mano, separaba a los golpes a los jugadores del árbitro. “Nozz ezztán robando”, gritaba el Loco Enrique. Era verdad, pero era un grito en el desierto.

River era mucho mejor equipo que Barcelona, pero apenas le había ganado 1-0 en la ida. Con la Cabeza más fría y enfocado en no caer en la trampa del clima prefabricado, River generó más de cinco situaciones claras de gol en el segundo tiempo para empatar y lograr el pase a la final. La pelota no entró y hubo que ir a los penales. El pobre Tiburcio Serrizuela falló el primero de la serie (el segundo, si se tiene en cuenta el que había marcado en Bs. As.) y el último de Da Silva pegó en el travesaño, dio en la línea de gol y cayó en las manos de pestañita Morales. La suerte estaba echada. Aunque para muchos, ya lo estaba desde mucho antes. Por River fueron José Miguel; Basualdo, Higuaín, Serrizuela y Carlos Enrique; Zapata, Astrada, Berti y Vázquez; Medina Bello (expulsado en el complemento) y Da Silva. Luego entró Borrelli. Por Barcelona jugaron Morales; Izquierdo, Montanero, Bravo y Guzmán; Proaño, Saralegui, Trobbiani y Muñóz; Uquillas y Acosta. El DT era Miguel Brindisi.

La Libertadores del 90 fue absolutamente anormal. River e Independiente pasaron a octavos directamente, porque se había suspendido el campeonato local de sus rivales colombianos. En cuartos de final, y luego de una denuncia de apriete por parte del juez uruguayo Juan Cardellino, la Confederación decidió hacer jugar de nuevo, y en terreno neutral, el partido que disputaron en Medellín, Atlético Nacional y Vasco da Gama. En ese cotejo y en el de semifinal ante Olimpia de Paraguay, los colombianos hicieron de local en Santiago de Chile.

Santiago de Guayaquil, ciudad de un abrazo muy famoso y de un robo muy bien echo. River esbozó una protesta formal por lo ocurrido en Ecuador. Presentó videos y pruebas. Esa carpeta debe estar durmiendo todavía en algún oscuro cajón de la sede del fútbol sudamericano en Asunción.

 

Por Adrián Dalmasso – Txt extraído del blog: riverlujoypueblo.blogspot.com

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