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Los Panas del Más Grande

La historia cruzada de “los colombianos” de River. Cómo sus vidas deportivas se mezclaron con la gloria eterna de un club que tiene un amor incondicional con el país que los vio nacer. Por qué triunfaron con la banda cruzada sobre su pecho. La trágica desaparición del padre de Juanfer. La historia de un joven Borré queriendo ser el mejor arquero de Barranquilla.

Cuenta una creencia japonesa que “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper”.

Tal vez sea el hilo rojo con el que alguna vez, a principios del siglo pasado, alguien tejió la banda roja de izquierda a derecha sobre una camisa blanca para que sea, hasta el fin de los tiempos, la camiseta de River.

De izquierda a derecha como el enganche de Rafael Santos Borré al Rojo, por los cuartos de final de la Copa Libertadores 2018 para sellar la serie o el pase de izquierda a derecha para que Gonzalo Martínez rubrique para siempre el título más importante de la historia del club.

Ese color; River y Colombia están unidos desde siempre y el hilo rojo, como profesa la creencia nipona, parece no romperse jamás.

Lo confirmó Juan Gilberto Funes contra el América de Cali, donde atajaba Julio César Falcioni, luego entrenador de Boca en perder la última final de Copa Libertadores previa a la de 2018 con Boca, Hernán Crespo contra el mismo rival diez años más tarde y Juan Fernando Quintero y Rafael Santos Borré en el último capítulo de gloria riverplatense.

La cuestión es que el tipo tiró un taco en la puerta del área propia tras un córner en contra en el minuto 121 de la final en el Santiago Bernabéu, hogar de Don Alfredo Distéfano, el que se fue a Colombia junto a otros jugadores en la huelga del ’49, con una frialdad y una jerarquía no apta para cardíacos. Pero lo hizo y dio el puntapié inicial para el final más soñado.

El tipo llegó sin nombre, sin mayores referencias, conocido por casi nadie por haber hecho un enorme Sudamericano Sub-20 en Argentina en 2013 y por ser el “hermano” del cantante Maluma. Íntimos amigos. Dato ideal para los programas de chimentos y un inestable paso por el Porto de Portugal, donde siempre fue alternativa, pero nunca se consolidó, al punto que fue cedido y negociado con River hace poco más de un año.

Un “gordito” que dicen que le pega bien, que es talentoso, una apuesta, otra más, de la gestión Marcelo Gallardo.

En agosto de 2017, la administración Rodolfo D’Onofrio, a través de su mánager, Enzo Francescoli, anuncia la contratación de Rafael Santos Borré. En ese momento, un jugador que, como Quintero luego, o Tabaré Viudez antes, no estaba en los radares de nadie. Había llegado al Atlético Madrid de Diego Simeone, procedente del Deportivo Cali, pero se queda, ahora a préstamo en el conjunto caleño. Hasta que, a mediados de 2016, también a modo de préstamo, emigra al Villarreal, donde anota cuatro goles en 30 partidos. Unos 0,13 goles por juego. Pero las estadísticas a veces dicen mucho y a veces no dicen nada.

En el salón de grandes apostadores de los mercados de pases, el audaz Gallardo pidió que vayan por él. Una corazonada. Otra.


Un eterno nudo en la garganta

El 9 de diciembre de 2018, Juan Fernando Quintero, apenas pasadas las 18.30, llenó su boca y la de millones de grito de gol. Llevaba de la mano a los hinchas de River a tocar el cielo con las manos. Sin embargo, ese cielo, para el talentoso futbolista colombiano, tiene un rincón triste, ocupado por Jaime Enrique Quintero Cano, fallecido cuando Juanfer tenía apenas dos años. En marzo de 1995, el padre del “Nalgón” era militar en plena lucha contra las guerrillas colombianas y asesinado, según denuncia Amnistía Internacional, por las propias fuerzas del país caribeño.

Donde quiera que esté, él sabe que mi corazón también está con él. No lo conocí, pero siento que lo que soy hoy también es por él”, dijo el jugador en junio del año pasado en Canal Caracol. Cuentan, además, que el padre del campeón de América con River era dueño de una pegada exquisita. Le robaron a su padre, de quien heredó el talento. Y lo que se hereda, no se roba.

 


SUS INICIOS Y MAESTROS

El tradicional torneo Pony Fútbol, que suele disputarse en Medellín fue el que vio los primeros pasos de Juanfer. Fue en 2005, año en el que Envigado fue campeón, club donde debutó el 8 culón “hermano” de Maluma que cada vez que toma la pelota, uno sabe que algo va a pasar. El fútbol va a ser feliz.

En Barranquilla, surgió Santos Borré, quien comenzó en el fútbol queriendo ser arquero porque su ídolo era Oscar Córdoba, arquero de Colombia en la Copa América 1999 la noche que Martín Palermo falló tres penales. El goleador había marcado tendencia con su flequillo rubio, que luego fue imitado por el hoy delantero de River porque su padre, Ismael, así lo quiso.

Para Agustín Garizábalo, un cazatalentos colombiano que vio en el 19 millonario lo que otros no, aseguró que el delantero “día a día trata de superarse, no teme equivocarse. Es como el Mar de Leva, nunca deja de moverse”. Seguramente, un reflejo de lo que ha sido, por ahora el paso del jugador por River: progreso constante.

Por su parte, en diálogo con Revista 1986, Rubén Darío Bedoya, ex entrenador de Envigado Fútbol Club, y primer director técnico del “Nalgón” Quintero, aseguró que el plantel, la conducción de Gallardo y la competitividad a la que es exigido el futbolista en River “lo benefició para crecer en su juego y ocuparse estrictamente de lo deportivo”.

“Está más maduro, su paso por Argentina lo ha ayudado bastante, en particular en su crecimiento en la parte del juego físico, debe jugar 90 minutos y no entrar para rematar partidos. Su llegada a River le permitió retomar su carrera en plenitud”.

“Ha sido un jugador importante en el logro del equipo, es agradable para el hincha, tiene gol, tiene un futuro promisorio. River le abrió las puertas de crecer”, agregó.

Bedoya y Garizábalo coinciden en que el nivel competitivo es mayor en Argentina que en Colombia, lo cual favorece a los jugadores que llegan a estas tierras. Otro camino trazado por el hilo rojo, desde Colombia hacia nuestro país, en este caso, hacia Núñez.

Sin embargo, el antioqueño, redobla la apuesta y también se anima a opinar del futuro, no solo de Quintero, sino también del delantero. Llegó a River en un buen momento.

Tras destacar la virtud de Gallardo para “encaminar” a ambos y hacer sus futuros aún más promisorios, el entrenador sostuvo que el atacante “es otro caso de los jugadores que necesitan una motivación especial”.

En ese sentido, agregó que ambos llegaron a un equipo “donde pueden expresar todo su potencial”.

Entre ambos se admiran. Se quieren, se entienden. Borré dijo que admira a Quintero, quien “siempre ha marcado diferencia en Colombia y donde ha ido. Está al nivel de mucho de la élite del mundo”. Juanfer tuvo su debut mundialista con gol de tiro libre incluido. Borré espera su chance en Qatar.

LA CUARTA Y EL TOQUE COLOMBIANO

“Destinados a encontrarse”. El hilo rojo poco a poco fue marcando el camino, porque a pesar de que “Pity”, Lucas Pratto e Ignacio Scocco empezaban a adueñarse de los puestos ofensivos entre los once en el modelo 2018 de River, Quintero y Borré se fueron acomodando, quizás como nunca antes en sus carreras.

Quintero no pudo en Porto, Pescara ni Rennes, todos préstamos sin pena ni gloria. Borré no pudo en España. Puede ser, simplemente, porque allí no estaba la otra punta del hilo.

En 2017, por la revancha de la fase de grupos, el 10 de Independiente Medellín se acercó a saludar a Gallardo. Porque sí. Por admiración, o en una de esas a modo de guiño como diciendo “traeme, nos esperan grandes cosas juntos”. El gesto de ambos en ese momento pareció de complicidad, de saberse el uno para el otro en esa casa, en el Monumental.

Para la siguiente edición del certamen continental el maridaje se concretó y la historia, predestinada por la creencia japonesa, comenzó a tomar forma.

Ambos fueron ganando minutos poco a poco, muy poco a poco, a medida que el torneo avanzaba, pero sin flashes fotográficos. No fue hasta la fase de mano a mano que los colombianos comenzaron a pisar fuerte en Núñez, en América, en la historia.

Tras el 0 a 0 con Racing por la ida de los octavos de final, y el 2 a 0 parcial en la revancha, llegó un córner desde la derecha y el número 19, oriundo de Barranquilla, la empujó al fondo. Final 3 a 0 y a cuartos. Titular y gol. Juanfer, desde el arranque y con más peso específico de su juego, ya no el de su cuestionada panza cuando llegó a Buenos Aires.

Los cuartos de final los marcarían como titulares. Por méritos propios y por el alguna vez cuestionado “plantel demasiado corto” con el que Gallardo afrontó la Copa. Sin goles en Avellaneda por la ida y festival colombiano en la revancha. Golazo de Juanfer cuando el Independiente de Holan había igualado el partido y se quedaba con el pasaje a semis por el gol de visitante. Festejo de lámpara frotada para que salga el genio. Vaya si salió. Y, sobre el final, enganche ante un zaguero de Santos Borré, Ariel Ortega Marca Registrada, y chanfle al segundo palo.

Era un hecho, los colombianos eran claves en el futuro campeón. Quintero como recambio y bocanada de aire fresco cuando se necesita talento y tenencia para cerrar el partido o para destrabarlo. Borré, desde el inicio por las ausencias de Rodrigo Mora y Scocco, para el sacrificio, la presión, jugar en la línea de los centrales y claro, facturar.

Luego, fue el turno de Gremio, el defensor del título, que había derrotado a Lanús, verdugo de River en el sur bonaerense en la noche que el VAR “sirvió para un solo equipo y en la que Wilmar Roldán, colombiano, y otros seis asistentes perjudicaron al Millonario”. “Inventaron el VAR para sacarnos de la Copa”, le gritaba Enzo Pérez a Néstor Pitana en el entretiempo de un Superclásico. Al mismo Pitana del “no fue córner”. El mismo VAR que le dio a River la chance dorada, por un penal, de clasificar a la final en Porto Alegre.

Santos Borré había empatado la revancha en una jugada que también fue discutida. Franco Armani, como contra Racing y contra Independiente, tuvo intervenciones decisivas para dejar con vida a River. El arquero argentino que está en pareja con una colombiana y que fue ídolo de Atlético Nacional de Medellín, rival de River en la Copa Sudamericana 2014, cuando Gallardo y los suyos consiguieron el primer título internacional de la era napoleónica. Fue compañero en ese certamen de Edwin Cardona, mediocampista nacido en Colombia y excluido por Guillermo Barros Schelotto en ambos partidos de la Superfinal. Pero a finales del año pasado, lo que importaba era la clasificación a la llave decisiva contra Boca. Nada menos que contra Boca.

En el 2 a 2 de la ida, Borré vio la amarilla que lo dejaría afuera de la revancha y falló algunas oportunidades claras. No convirtió, pero si hubiera habido público visitante, se hubiese ido ovacionado. Quintero ingresó sobre el final, para cuidar el punto y, quizás, meter una estocada para ganarlo, como lo hizo por la Superliga para que Scocco liquide el duelo por el campeonato local. No pudo, pero el final del hilo rojo estaba cada vez más cerca.

Hubo que ir a buscarlo a Madrid, por el papelón ya conocido. Y hubo que esperar hasta los tres minutos del segundo tiempo suplementario para que Martínez tire un centro desde la izquierda, lo rechace Andrada, la jugada se vuelque hacia la derecha, Mayada reciba de Quintero, se la devuelva cerca del vértice del área grande y que ese misil “que de cien intentos entra solamente una”, se vaya al fondo de la red, previo pico al travesaño. Colombia, otra vez protagonista en la historia riverplatense. Como lo fue tantas veces en la historia del fútbol argentino, empezando por el fatídico 0-5 en el Monumental por las eliminatorias sudamericanas rumbo a Estados Unidos 1994. Colombia suele marcar el camino del fútbol argentino, muchas veces, sin quererlo o sin darse cuenta.

Quintero ya tiene su momento eterno, el que, como dice Eduardo Sacheri con el segundo gol de Diego Maradona a los ingleses es el momento perfecto arruinado por el paso del tiempo. “El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales”.

Borré, en una de esas, vaya a ser reconocido como uno de los que, desde el silencio, dan tanto que no salen en la tapa de ningún diario. La hormiga obrera que se desloma, pero rara vez sale en el póster. Igual o más valiosa que el resto. Fundamental.

Para River, Quintero y Borré, la creencia japonesa es creíble, es fáctica. En 2018 los unió para siempre un hilo, una banda roja que les atraviesa el alma.

Por Martín Goldbart (@mgolbart)

 

 

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