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El trofeo más deseado: así evolucionó la Copa Libertadores

La historia del galardón más importante del continente, quién la diseñó, cómo fue modificándose el trofeo y el clima que genera este torneo y la transforma en un evento único a nivel mundial.

Cuando le encargaron el trabajito, en Lima, Perú, allá por 1959, Alessandro de Gasperi ni siquiera imaginó la magnitud de la empresa en que se metía. Empezó a darle forma, entre los cinceles y tornos de su joyería, con más maña que ideas, a esta especie de marciano orejón que hoy conocemos como Copa Libertadores de América.

De Gasperi no sabía que, mientras doblaba los chapones de plata que forjan el trofeo, estaba tallando para la historia, pariendo mística y tradición. Que estaba alumbrando un objeto de gloria y fetiche, desde hace 58 años motivo de desvelo de todo el fútbol Sudamericano.

En verdad, la Libertadores tiene tres versiones originales. La primera de ellas se usó hasta 1970 y hoy reposa en las vitrinas de Estudiantes de La Plata, que ese año ganó su tercera copa consecutiva. La segunda se utilizó hasta 1974 y hoy se exhibe entre las conquistas de Independiente de Avellaneda, cuando el rojo, esa temporada, repitió la proeza pincharrata. La tercera, es la que se entrega hasta estos días.

De hecho, Independiente es a la fecha, el único cuadro que campeonó con las tres versiones del trofeo. 63 y 64 con la primera. 72,73 y 74 con la segunda. 75 y 84 con la tercera.

La Copa Libertadores mide 98 cm y pesa 10 kilos. En su cabeza están grabados los escudos de los 10 países de Sudamérica. Las asas de los laterales y la figura del futbolista que la corona son de bronce. Quedó muy destrozada en 2004 tras los festejos del título del Once Caldas de Colombia. En 2009 la casa chilena Alzaimagen la sometió a un importante proceso de mejora estética. Se amplió su base de madera de cedro y se le otorgó un criterio uniforme a las placas que recuerdan a cada uno de los campeones. El espacio físico para colocar esas placas caducará en el año 2031.

Es el mejor torneo de fútbol del mundo. Un evento de características rebeldes que aún se resiste a entregarse del todo a las fauces del balompié pulcro, global y deshumanizado que pregona la FIFA. Reticente de la metódica organizativa, arisco al detalle minucioso, a la puntualidad horaria y al respeto estético de indumentarias radiantes y espectadores sentados, de la cual la pomposa Champions League es su nave insignia.

La Libertadores es un apasionante desafío deportivo y mental, con la sensación del riesgo permanente. Jugar en una pequeña ciudad perdida en la Cordillera, a la que hay que ir en colectivo. El tufo insoportable del nordeste brasilero. La altura cruel de Quito y La Paz. Actuar bajo nieve en Santiago de Chile o achicharrados por el sol abrazador del desierto de Calama. Las amenazas narco en Cali o Medellín. Los naranjazos en el Defensores del Chaco. Los aprietes de barrabravas en Buenos Aires. El césped alto de las estancias brasileras. Los descarados árbitros localistas. Los petardos a la madrugada en la concentración visitante. Un par de piedras al colectivo. Los climas pre bélicos de nacionalismo exacerbado.

Ningún torneo de fútbol del mundo tiene esos condimentos. Jugar la Libertadores es una tortura. Ganarla es un sueño.

 

Por Adrián Dalmasso.

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