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Se escribe tricampeón, se dice River Plate

Repaso detallado de los cuatro tricampeonatos que ganó River en su rica historia, merito que solo tiene el Millonario. Las glorias del pasado entre el amateurismo y el profesionalismo

Por Tomás Torres / Fotos: Prensa River

Con historias mínimas apoyadas en estadísticas incontrastables e históricas, y un archivo fotográfico para coleccionar, repasamos los cuatro tricampeonatos de River a lo largo de su historia, que comenzaron en 1937 con un festejo dilatado por más de 75 años, continuó con el demoledor plantel del 1957 que llevó el nombre de La Maquinita, que por su capacidad de campeonar renació en la segunda mitad de la década del 70 con Ángel Labruna como entrenador, y tuvo como final, en el último tricampeonato del fútbol argentino, al equipo de Enzo Francescoli que en 1997 coronó un siglo a pura gloria.


EN 1937 FUIMOS TRICAMPEONES Y NO LO SUPIMOS

No lo supo el hincha que, con la garganta a la miseria, colgado del alambrado de la cancha de Argentinos Juniors en la Paternal y vitoreando a José Manuel “El Charro” Moreno, Carlos Peucelle y Eladio Vaschetto, festejaba el sexto gol de la tarde. No, tampoco lo supo José Degrossi, presidente del club, que sentado en el palco brindaba por el primer bicampeonato nacional en la historia del club. Ni siquiera los periodistas, los estudiosos, los historiadores, la incipiente AFA, ni Bernabé Ferreyra, ni Adolfo Pedernera, ni Renato Cesarini, ni el entrenador Emérico Hirschl tenían idea de lo que estaba pasando ese 8 de diciembre. Y nosotros, con más de medio siglo de ventaja, nos enteramos recién en 2013.

¿Se acuerdan de la Superfinal? Esa que Vélez le ganó a Newell’s, luego de que se adjudicaran el Torneo Inicial y el Torneo Final respectivamente, y por la cual la AFA decidió sumarle una estrella más al club de Liniers, victorioso en el choque a partido único; una decisión que, hasta ese día, se contraponía con la propia historia. Porque en 1936, River y San Lorenzo, campeones de los dos torneos cortos (Copa Competencia y Copa de Honor), habían dirimido el campeonato con la finalísima Copa de Oro, semejante a la Superfinal moderna.

Sin embargo, esa consagración millonaria ni el título ganado por los de Boedo se vieron reflejados en las cuentas oficiales. A San Lorenzo le consideraron a la Copa de Honor como un título del certamen homónimo que reunió a los campeones argentinos y uruguayos hasta 1920, y que nada tenía que ver con la primera rueda del Campeonato de 1936. En la lista de campeones de Primera División que exponen las Memorias y Balances de la AFA en 1937, aparece River como único campeón del Concurso de Campeonato (así rotulaban a los campeones de Primera) de ese año.

No lo supo el hincha que, con la garganta a la miseria, colgado del alambrado de la cancha de Argentinos Juniors en la Paternal y vitoreando a José Manuel “El Charro” Moreno, Carlos Peucelle y Eladio Vaschetto, festejaba el sexto gol de la tarde. Y nosotros, con más de medio siglo de ventaja, nos enteramos recién en 2013.

En 2011, San Lorenzo presentó un reclamo formal en las oficinas de la calle Viamonte, solicitando que le reconocieran aquel título del ’36. El asunto se dilató y la AFA no tomó ninguna determinación, hasta que en la temporada 12/13 estalló de nuevo la polémica, luego de la confirmación de la nueva estrella para Vélez.

Entonces no, no tenían la culpa de haberlo ignorado los hinchas, los jugadores, los historiadores, los estudiosos ni el presidente, lo que en esa tarde de 1937 había pasado, y en la que sólo importaba festejar que habíamos sido los mejores durante dos años seguidos. Sin embargo, veinte años más tarde, fuimos plenamente conscientes de la hazaña.


LA MAQUINITA

Para 1957, la pista del Monumental ya estaba demasiado gastada. Incluso decían que de tanto andar, de tanto girar alrededor de ella, había quedado marcada una huella que apenas dejaba ver, desde la altura de las tribunas, las cabecitas corriendo en lo profundo de una quebrada. River daba la vuelta y los diarios no tenían nada nuevo para contar. River aburría. No tenía rival.

El 5 de diciembre de 1957, cuando todavía faltaban tres fechas para terminar el campeonato, La Maquinita de Amadeo Carrizo, Federico Vairo, Eliseo Prado, Ángel Labruna y Néstor “Pipo” Rossi, entre otros, ese equipo que había conseguido los títulos del 52, 53, 55 y 56, le ganó 2-0 a Independiente y consiguió el primer tricampeonato de la historia oficial.

“Fue un equipazo, de grandes figuras, y el último título que gané yo hasta que me retiré. Después vinieron los 18 años sin salir campeones de los cuales 11 jugué yo, hasta el 68”, recuerda ahora el dueño del arco Millonario que al comienzo de la charla enumeró, apellido por apellido, la formación de aquella temporada, con una memoria prodigiosa. A sus 92 años, la leyenda viva de Amadeo está preocupada por su salud y nos pide que hablemos despacito, pausado, mientras vuelve a esos días: “Tuve el honor de codearme con La Máquina de River, de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau. Jugué muchos años y me brindé con un gran respeto al público, a toda la gente y a mis compañeros. Todavía hoy, después de tanto, mi nombre sigue y me recuerdan. ‘¡Maestro!’, me dicen, y eso es un halago muy profundo. Es una felicidad enorme para mí”.

“¡Qué cosas tiene el fútbol! Cuando nosotros metimos la tricota, ya estábamos aburridos de dar vueltas olímpicas. ¡Cómo nos íbamos a imaginar que después vendrían 18 sin una!”

Amadeo Carrizo.

Aquel campeonato sería también el último título del más grande. De River hecho carne. Hecho gol. Del que cuando alcanzó el Millonario durante ese año su máximo logro, gracias a su liderazgo, gracias a sus goles, estaba cumpliendo 25 años vistiendo y defendiendo los colores de su patria chica. Treinta y nueve vueltas al mundo y 16 con River. Esa sería su última, la de 1957, quizá la más memorable, aunque jugaría dos años más, alcanzaría los 293 goles y, ya con saco y corbata azul, blanca y roja, sería protagonista en 1980 de una nueva gloria.


¡ES EL EQUIPO DE ANGELITO!

Lo dijo Amadeo y la conocemos todas y todos a la historia: 18 años sin salir campeones, desde aquel título de 1957, hasta que, en 1975, con Angelito dirigiendo los hilos de un equipo sin rumbo durante tanto tiempo, consiguió el Metropolitano de ese año, con el histórico gol de Rubén Bruno en cancha de Vélez. A partir de ahí, River ganó seis de los diez campeonatos disputados hasta el final de la década y siendo subcampeón en dos oportunidades. El resurgimiento fue del barro al olimpo, en apenas un lustro.

El broche de oro de esa seguidilla infernal fue la coronación, en 1980, del tricampeonato. “Es de los mejores recuerdos que tengo, porque no es fácil ganar torneos seguidos en el fútbol argentino, donde siempre hay 4 o 5 equipos que son candidatos. Teníamos muchas ganas de jugar y un buen equipo”, destaca hoy Leopoldo Jacinto Luque, y hace énfasis en la unidad de aquel plantel: “No solamente había buenos jugadores, sino también muy buenas personas. Nosotros creíamos que todos eran importantes, hasta los chicos que venían de la Tercera y hacían de sparring. A todos les tocó algo de plata, por una cuestión lógica. Había gente muy madura, estábamos todos contentos, felices, y cuando el clima es bueno, todo es bueno”. Luque recuerda un asado en la casa de Fillol, en la que decidieron cómo iban a repartir los premios: “Parecía un equipo amateur”.

“Labruna fue uno de los mejores técnicos de la historia de River, sobre todo porque a los equipos los armaba él, no se los dejaba nadie. Ángel y Gallardo son los mejores entrenadores que pasaron por River”.

Leopoldo Jacinto Luque, tricampeón en 1980.

El goleador y campeón del mundo 1978, que había llegado en 1975 con Labruna y aquel 1980 fue su año de despedida del Millonario, hace memoria y rememora aquel fantástico 1979 donde se consiguió el bicampeonato: “El 79 fue mi mejor momento en River. Hice goles importantísimos; si no abría el marcador, lo cerraba. Estaba en un momento bárbaro. En esos campeonatos yo me divertía porque andaba bien y no había ninguna clase de vedette, éramos todos iguales, cada uno aportaba con algo”.


“CADA SEIS MESES HAY QUE ESCRIBIR LO MISMO”

“A Boca le dicen huevo: debajo de la gallina y calentito”, aparecía dibujado en una viñeta de El Gráfico de diciembre de 1997, después de que el River de Enzo Francescoli, Marcelo Salas, Leonardo Astrada, Hernán Díaz, Celso Ayala, Ariel Ortega, Marcelo Gallardo y Roberto Monserrat, entre tantos otros fenómenos, consiguiera el último tricampeonato del fútbol argentino, el cuarto de la historia millonaria.

Uno de los protagonistas fue Roberto el “Diablo” Monserrat, que llegó a Núñez en 1996, jugó 71 partidos, hizo 13 goles y cada vez que anotó el equipo nunca perdió. “Venía de San Lorenzo, un equipo grande, pero no tan grande como River, y de repente empecé a jugar con gente como Enzo, Ariel, Hernán Díaz, el Negro Astrada. Yo estaba muy contento, sobre todo por el equipo que teníamos. La mentalidad y la personalidad de cada uno, de todos esos referentes que había, más los pibes que se acoplaban tan bien a los grandes, fueron la clave de esos éxitos”, cuenta ahora el cordobés de 50 años, que el día de la consagración en Liniers, visitando a Argentinos Juniors, debió ver el partido desde el banco: “Yo no jugué ese día porque me habían expulsado la fecha anterior por nada. Pero estuve en la cancha, en el vestuario, y fue increíble. Era un equipo muy bueno, donde entraba uno, salía otro, y no se sentía la diferencia”.

FESTEJO DOBLE

En el medio de la consagración en 1997 hubo otros dos festejos tan importantes: la Supercopa ganada en casa contra San Pablo 96 horas antes y, atención, el casamiento del Muñeco Gallardo ¡la misma noche del Tri! Porque ni bien terminó el partido en el estadio de Vélez, un patrullero lo sacó de las inmediaciones, lo depositó en ¡una ambulancia! Que finalmente lo llevó hasta la parroquia Nuestra Señora de Fátima, en Martínez, donde más de 300 hinchas de River su plegaron a ambos festejos.

Aquel Apertura 1997 estuvo signado por el duelo cabeza a cabeza con Boca, que llevó la definición del campeonato hasta la última fecha, cuando al Millonario le alcanzó con un empate para quedar 45 puntos a 44 y festejar el (entonces) Tri-Tri. El 22 de diciembre el país entero se vistió de rojo y blanco, y hasta el pesebre que adornaba al Obelisco en el microcentro porteño, en vísperas de la Navidad, se vio revolucionado por un descubrimiento: el niñito Jesús llevaba puesta la banda.

Antes de terminar la década, todavía con Ramón Díaz como entrenador, River conseguiría el Apertura 1999, como si todo lo conseguido no hubiera sido suficiente. Pero, de todas formas, el los 90 habían dicho basta en esa noche de 1997, cuando el Millonario despejó todas las dudas, si es que quedaba alguna, de quién había sido el más grande del siglo XX. Porque hay algo que no se consigue en otros barrios de la Capital, donde ni siquiera una, ¡una vez!, pudieron conocer de primera mano qué es ser tricampeón: ellos sienten el karma en su máxima expresión.


ESTE ARTÍCULO LO PODÉS ENCONTRAR EN EL N°81 DE REVISTA 1986

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