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Moreno, el Charro

El 28 de julio de 1946, y tras dos años de periplo en México, volvía al país José Manuel Moreno, el histórico jugador de La Máquina. Tras su paso por el fútbol azteca, en el Club España, se ganó el apodo con el que se lo reconocería por el resto de su vida.

*Fragmento de la nota publicada por El Gráfico.

Tierra cálida, sentimental, tierna y armoniosa y bravía donde me tocó vivir; tierra de ingenuidad y naturaleza desbordante, de amistades estrechas sin desdeñar las nuestras, tierra de lengua cantada que acaricia y consuela; tierra de torerías y guapeza con fuerte raíz hispánica que ya, de entrada, la sentí como un eco en mi propia sangre.

Mi primer día de fútbol en México: entrenamiento del Plantel del España. Allí están Blasco, Lángara, "Cubanaleco", Haedo, Fernando García, el entrenador costarricense, y Septiem, el único mexicano que integraba el equipo.
El primer día de entrenamiento en México. Foto: El Gráfico.

Mucho se hablaba en México de la finura del fútbol platense, que ya conocían a través de otros prófugos que me habían precedido; y mucho también se esperaba de mí, de quien los periódicos, informados de mi arribo, habían dicho que era “el mejor insider del continente”… y dueño de una técnica “endiabladamente revolucionaria”. Tal vez fuera cierto, pero me hacían falta en el centro, las puntas y el ala derecha los maravillosos delanteros de las grandes campañas. (¿Dónde estabas, Pedernera, y ustedes, García, Labruna, Peucelle, Deambrossi, Ferreira, Rongo… y tantos más? ¿Dónde estaban los “muchachos de entonces”?).

Me gustó mucho México; tanto me gustó que la vestimenta de charro me hacía feliz cuando la usaba para alguna broma. “Orate, orate, mi cuate”…

Te debo mi tributo de gratitud, México, país inolvidable, donde los afectos florecen y dejan recuerdos que perduran como el aroma del jazmín, la diamela, y la magnolia. Tierra de dulzura como la de tus guayabas, chirimoyas y papayas; tierra de cariño y fraternidad. Y tu pueblo todo, ¡tan guapo, tan manso y tan cordial! Me dejaste en el corazón, México, un amor imperecedero, un embrujo que me ha de acompañar por siempre. Yo fui a tus playas hospitalarias, expulsado como un réprobo; fui a jugar al fútbol, pero no era solamente eso: un futbolista. Era, además, un hombre, un muchacho expatriado, con muchos anhelos sentimentales: amor, amistad, curiosidad de mundo, de placer, ansias de aventura… ¡Y todo me lo diste de manera luminosa y cumplida, México, tierra maravillosa!

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