Nota de tapa

Gallardo y la Gloria Eterna

Tras la obtención de su décimo título, recordamos las 10 claves de Napoléon, con un informe especial para conocer a fondo al técnico más ganador de la historia de River.

Por Germán Balcarce (@GermanBalcarce)

Catorce palabras sirvieron para darle una inyección anímica al hincha de River. Apenas catorce, un número que identifica a la gente del Más Grande. Minutos después de perder 1-0 ante Gremio, en el Monumental -fue la única caída del equipo como local en el año-, Marcelo Gallardo habló en conferencia de prensa e inmediatamente, calmó a todos: “Que la gente de River crea, porque tiene con qué creer en este equipo”. Su confianza y serenidad fueron suficientes para ilusionarse con la hazaña en Porto Alegre, al igual que tres años antes en Belo Horizonte.

El desenlace es conocido: heroico 2-1 en Brasil y clasificación a la final más importante de la historia del fútbol mundial a nivel de clubes, a todo o nada. La gloria eterna o un golpe de nocaut que jamás podría repararse. El desafío enorme era un motivo de nervios insostenibles para los fanáticos, pero el Muñeco deseaba ese reto, sabía que podía pasar a integrar el capítulo más dorado de River para siempre. Y el tiempo le dio la razón: ganó la Copa Libertadores contra Boca, sin localía ni igualdad de condiciones, con un agravante estadístico que poco se mencionó, debido a que el conjunto de Núñez dio vuelta un Superclásico oficial para ser el ganador después de 31 años.

“Que la gente de River crea, porque tiene con qué creer en este equipo”.

El hombre que nació para ganar la Copa

Gallardo jamás debe haber imaginado que alcanzaría una popularidad similar a la que tiene nada menos que Ángel Labruna. A esta altura, la discusión es mano a mano por la enorme huella que ambos dejaron, pese a que el Muñeco aún puede hacer que su sello crezca. Nacido el 18 de enero de 1976 en Merlo, provincia de Buenos Aires, Gallardo arribó a Núñez cuando era adolescente para adoptar el Monumental como su segunda casa. Poco a poco empezó a identificarse con los colores, más allá de su infancia como simpatizante de San Lorenzo. Atrás quedó ese breve amor porque el sentido de pertenencia lo llevó a ser hincha de River eternamente. Debutó en Primera División el 18 de abril de 1993: victoria 2-0 sobre Newell’s, en Figueroa Alcorta 7597. Multicampeón como futbolista, participó de la conquista de América en 1996. Ese privilegio lo metió en las páginas de mayor relevancia del club, pero 19 años más tarde repitió siendo el DT. Reemplazó a un Ramón Díaz que parecía imposible de sustituir. No sólo lo hizo exitosamente, sino que además superó su imagen porque el 5 de agosto de 2015 tocó el cielo al obtener la tercera Libertadores de River. Parecía inevitable la partida de Marcelo con semejante currículum porque previamente, había conseguido la Sudamericana y la Recopa. También, sumó la Suruga Bank, un trofeo menor, pero de carácter oficial. La obra del Muñe se prolongó con otra Recopa, dos vueltas olímpicas en la Copa Argentina y una Supercopa local ante Boca para saldar la deuda de títulos contra el adversario de toda la vida. Más no se lo podía pedir, pero tenía guardada la hazaña que todo hincha soñaba: levantar la Copa en una final contra los integrantes de la vereda opuesta. El hombre nació para darle la Libertadores a River, aunque nunca nadie pensó que podía suceder en un acontecimiento digno de Hollywood.

El método ganador

No hay fórmulas mágicas que otorguen garantías en el fútbol. Si un equipo hace más goles que su oponente, logra el triunfo. Una verdad de perogrullo que muchas veces queda en el olvido, pero que refleja que ni siquiera un sinfín de méritos puede derrumbar esa capacidad para tener mejor puntería y defenderse mejor. Aun así, el trabajo serio, disciplinado y bien aplicado tiene su recompensa a corto, mediano o largo plazo. Gallardo lo experimentó en los tres casos: a corto plazo con la Sudamericana, a mediano plazo con la Libertadores 2015 y a largo plazo con la reciente Copa.

Ahora, la pregunta del millón, ¿por qué es tan exitoso? Se pueden utilizar demasiados adjetivos para elogiar a Napoleón, pero es indispensable meterse en la cocina de su planificación para entender que nada es casualidad. Por supuesto, existe una cuota de azar o un imprevisto que se presenta de forma favorable, aunque es el premio a tanto esfuerzo. Marcelo reúne los requisitos de un DT ideal: es inteligente para optar por una estrategia adecuada, sabe dar el golpe de timón cuando esa estrategia es superada o neutralizada por el rival de turno, posee liderazgo y respeto ante sus dirigidos, entiende de qué manera bajar un mensaje claro y eficiente después de realizar un análisis exhaustivo en función de las virtudes propias y los defectos ajenos, motiva con lo justo y necesario, comprende el ADN de River para bajar una línea de comportamiento y está abierto a usar distintos dibujos tácticos, lejos de atarse a un solo esquema. El día a día de trabajo es minucioso para los encargados de potenciar al plantel, aunque sencillo para los jugadores.

Un cuerpo técnico numeroso, de perfil bajo, acompaña a Gallardo: dos ayudantes de campo (Matías Biscay y Hernán Buján, quienes jugaron muy poco en la Primera de River), cuatro preparadores físicos (Pablo Dolce, Cesar Zinelli, Marcelo Tulbovitz y Diego Gamalero), un entrenador de arqueros (Alberto “Tato” Montes), dos médicos (Pedro Hansing y Santiago Spinetta), cuatro kinesiólogos (Jorge Bombicino, Enrique Confalonieri, Gastón Pandini y Marcos Loyarte), un masoterapeuta (Marcelo Sapienza), dos videoanalistas (Nahuel Hidalgo y Gabriel Gómez Stradi), un psicólogo (Pablo Nigro), una doctora en neurociencia aplicada al deporte (Sandra Rossi), un nutricionista (Marcelo Pudelka), tres utileros (Raúl “Pichi” Quiroga, Ariel Scarpelli y Manuel Tula) y un jefe de prensa (Matías Ghirlanda). “Están en todos los detalles, no se les escapa nada”, cuenta un jugador en su círculo íntimo. Tanta información es difícil de procesar, pero Gallardo siempre la administra con un grado de eficiencia increíble de modo tal que a la hora de jugar haya un libreto sencillo para ejecutar. El DT le dedica muchas horas de trabajo a cada jornada. Es capaz de llegar al predio de Ezeiza a la siete de la mañana e irse a las 23 horas porque no deja nada librado a la suerte. Mira mucho fútbol. Evalúa a sus rivales, sigue con atención a los posibles refuerzos. Y cuando atiende a los medios de comunicación es un placer escuchar tanta claridad en materia de conceptos, tanta coherencia en cada postura, tanta calma para contagiarle eso a sus jugadores y a los hinchas. Ése es el método ganador.

Fútbol total

La Copa Libertadores siempre fue difícil para River. Hasta la llegada de Gallardo como DT, apenas había conseguido dos veces el trofeo en 30 participaciones: en 1986 y 1996. Perdió dos finales (1966 y 1976), reunía muchas frustraciones e incluso eliminaciones insólitas frente a clubes de menor jerarquía. La identidad futbolística del Millonario era algo inocente para plantear los partidos: carecía de la cuota imprescindible de especulación y solidez defensiva. Jugaba a ‘matar’ o ‘morir’. Cualquier equipo flexible sabía vulnerarlo. Cambiar el paradigma era complicado: Héctor Veira lo hizo en 1986 mediante la utilización de un contragolpe contundente, mientras que Ramón supo adaptarse a las circunstancias 10 años después. Los demás intentos fueron en vano. Había que tener suficiente espalda para modificar la esencia ofensiva por un estilo que no perdería el protagonismo en el afán por regular el ritmo cuando resultara vital. Gallardo lo consiguió. Su primer semestre como entrenador del Millonario experimentó momentos de alto vuelo que mutaron en solidez total para afrontar los partidos decisivos de la Sudamericana.

Esa versión se consolidó en materia de fortaleza para los mano a mano de la Libertadores luego de una fase de grupos agónica. La fórmula le dio el título más esperado a River. Nadie renegó de ese River pragmático, dispuesto a imponer condiciones y a pensar en el arco de enfrente, pero sin ofrecerle facilidades al adversario. Otros tres éxitos internacionales ratificaron esa premisa: Recopa 2015 y 2016 -primer y único bicampeonato del club a nivel internacional- y Suruga Bank. La Copa del 2016 dejó a River sin la ilusión en octavos, donde Independiente del Valle hizo la diferencia en Ecuador y supo aguantar milagrosamente en Núñez. Al año siguiente, un nuevo golpe a la esperanza, pero más doloroso: el acceso a la final estaba un paso, pero un pésimo segundo tiempo contra Lanús destruyó todo. La parte anímica se sostuvo para ganar la Copa Argentina un mes y medio más tarde. Luego, llegó la Supercopa. La Libertadores 2018 era el desafío más importante del año: Gallardo formó un equipo imbatible desde el aspecto mental, ambicioso en todas las canchas, fuerte en defensa pese a los altibajos en las finales, contundente para aprovechar las chances en los momentos cruciales y sumamente versátil en cuanto al sistema. Línea de cuatro como base, línea de cinco en dos ocasiones, tres volantes, un enganche y dos puntas, tres mediocampistas y tres atacantes, un 5 clásico y tres enganches con obligaciones repartidas… El abanico fue amplio: Marcelo convenció a sus dirigidos, quienes lo interpretaron para llevar a cabo cada plan. Todos jugaban. Todos marcaban. Todos se comprometían con el circuito de creación. Todos aportaban su granito de arena en la recuperación, incluyendo aquellos que no lo llevan en el ADN. Nadie se guardó nada. Todos se brindaron al máximo. Fue un equipo con todas las letras. Fútbol total, la capacidad de responder en cada contexto deportivo.

“No hay nada más que esto”

 Gallardo mira a Dolce, su principal preparador físico. “No hay nada más que esto”, le repite una y otra vez. Pasaron pocos minutos desde que venció a Boca y sabe que el logro es inigualable. ¿Cómo hace para motivarse tras semejante hazaña? Él sigue con ganas de darle más títulos a River, de ponerlo en el lugar que le corresponde. Es complicado entrar en el terreno de la comparación entre este River de América y los tres anteriores. ¿Cuál fue mejor? Por riqueza técnica, sin dudas el de 1996; por practicidad, posiblemente el de 2015; por solidez y eficacia, la versión actual compite mano a mano con la de 1986: ambos perdieron apenas una vez. ¿Podrá Gallardo otorgarle otra Copa más a River? Por lo pronto, tendrá cinco metas en el 2019: la Recopa ante Atlético Paranaense, la Superliga -una cuenta pendiente-, la Copa de la Liga -un nuevo trofeo local-, la Copa Argentina y la defensa del título en la Libertadores. Si bien es cierto que ya alcanzó la mayor satisfacción posible, sueña con seguir escribiendo capítulos de colección.

La gloria eterna

El paraíso es un sitio que cada ser humano lo representa de un modo distinto, según sus gustos. Para un hincha de River ese paraíso es la gloria eterna de saber que de ahora en adelante podrá recordar hasta el último día de su de vida ese 3-1 del 9 de diciembre de 2018. Hay que detenerse un momento, sentarse en el sillón, en la cama o simplemente, una reposera. En serio, deténganse. Ocurrió de verdad: River le ganó la final de la Libertadores a Boca. Lo reiteramos: la final de la Libertadores a Boca, el partido más importante de la historia del fútbol mundial a nivel de clubes porque no existe un antecedente similar entre dos equipos con tanta rivalidad. El privilegio es enorme. Enorme de verdad. Todavía está fresca esa corrida épica de Gonzalo Martínez. Aún retumba el grito por aquel zurdazo perfecto de Juan Fernando Quintero. Es necesario que pase el tiempo para asimilar realmente lo que pasó en Madrid. La Libertadores tan esquiva durante décadas para El Más Grande y tan benévola para ellos, se dirimió entre ambos. El mote de gallina y la mística copera rival quedaron sepultados para siempre. También, las burlas por la pérdida de categoría. El golpe de gracia se vistió de rojo y blanco. Si la gloria eterna se puede resumir de alguna manera, esa manera tuvo su mejor ejemplo en el abrazo emotivo de cada hincha, de cada jugador, de cada integrante del mundo River. Y si se te cae una lágrima en este momento es porque te estás dando cuenta de que después de irte a dormir te vas a despertar sin que todo haya sido parte de un lindo sueño porque es cierto, sucedió y es nuestro, es de River.

 

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