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Yo te quiero

Un relato que presenta en carne propia qué es lo que nos hace hinchas de River. Un punto de encuentro donde la pasión por los colores se conecta.

Por Kike Ferrari.

Escribí este texto para un número temático sobre el amor en cualquiera de sus formas, de la revista la Granada, en julio de 2013. Es decir, ya habíamos vuelto del Infierno, pero todavía no habíamos vuelto a ser. Es hermoso para mí releerlo hoy, con el equipo del Muñeco que recuperó nuestra memoria histórica y nuestra identidad.

1.

Mi papá se separó de mi vieja cuando yo tenía dos años. Era, pobrecito, de Boca. Ricardo –mi otro papá, que llegó a nuestras vidas un año después– de Racing. Entre ellos, en algún momento, me hice hincha de River. Hay varios mitos familiares al respecto.

2.

Corría el año 2003 y en el Monumental, La Mugre nos pegaba un baile bárbaro de la mano de un brasileño sin onda llamado Iarley. Fue tal el pesto que hasta el Chipi Barijho la movió ese día. Nos dirigía Pellegrini, creo, y sólo Constanzo y Cavenaghi –arquero y nueve, los dos extremos del equipo– respetaron la camiseta. Otros, como el Chacho Coudet, sacaron la patita todo el partido.

Perdíamos irremediablemente dos a cero y yo estaba en el Corralito, con Nacho y los pibes. El Monumental no paraba: remeras al aire en círculo y aquello de jugando bien o jugando mal. Una vez y otra y otra y otra. Habrán sido veinte, veinticinco minutos sin cambiar de canción, sin aflojar los brazos, gritando cada vez más fuerte:

Yo te quiero

No me importa nada

Te vengo a alentar.

Y en ese cantar, en ese revolear de remeras, me estuve preguntando un rato qué es River. Qué es eso que quiero tanto que lo vengo a alentar sin que me importe nada.

No los jugadores que van y vienen, pensé, mientras Coudet –hincha de Central– volvía a sacar la patita.

Ni los técnicos, claro.

No es este estadio al que siento mi casa: si mañana mudaran el Monumental a otro lado –como ya pasó tres veces antes– ahí estaría nuestro hogar.

No los colores, tampoco: usamos camisetas rojas, rojinegras, violetas, a bastones o lisas y siempre somos River.

No los hinchas, supe con dolor. Debía haber ahí nomás, al lado mío, revoleando su remera, tipos a los que yo consideraría mis enemigos cualquier día del año. No es el paladar negro, ni la historia: uno se hace hincha mucho antes de saber nada de todo eso.

¿Qué, entonces? ¿Qué es lo que me hace de River? ¿Qué nos hace hinchas de un cuadro?

 

3.

Cuando Ricardo empezó a salir con mi mamá –para ganar porotos con ella haciendo buenas migas conmigo– me leía la vieja revista River. Yo tenía tres añitos.

¿Quién me llevaba esa revista de la que nada podía entender? ¿Quién laburó para que yo, con apenas tres años, ya fuera hincha?

Uno de los mitos familiares dice que mi abuelo. Pero esto se contradice con otra historia que habla de una larga pelea entre él y mi vieja que empieza un año antes de mi nacimiento y se prolonga hasta que ella ya está con Ricardo.

Otra versión habla de mi padrino, Miguel, un gallego macanudo y muy gallina al que no veo hace más de veinte años.

Por último, hay una que cuenta que –pese al tácito acuerdo según el cual mi padre debía decir sobre mi elección futbolística– todo fue cosa de mi vieja.

Lo cierto es que en 1975, año en el que volvimos a campeonar después de 18, yo ya era del Más Grande.

 

4.

Ser hincha de un equipo de fútbol es lo más parecido a la fe religiosa que yo pueda concebir. Una suerte de sentimiento pre-racional y que va más allá de la razón. Un amor que no admite dudas, condicionamientos y que no está sujeto a nada.

Ya se sabe: yo te quiero.

No hay otra cosa igual. Uno se pelea con amigos, novias, familiares; nadie se pelea con su cuadro. A mí me gusta Motörhead. Mucho me gusta. Pero hubieran bastado dos discos de mierda –que nunca sucedieron, por cierto– y chau Lemmy.

River, no.

River puede perder, jugar mal, irse al descenso.

No me importa nada.

Te vengo a alentar.

 

5.

Como dije, papá era bostero.

No le importaba mucho el fútbol, la verdad, era más hombre del automovilismo, pero como todos en este país, tenía que ser de algún equipo.

El último de los mitos familiares, el más improbable y el que más me gustaría creer, es que una tarde de domingo él miraba un superclásico –yo ya hablaba con claridad y mis viejos aún no se habían separado, así que debe ser el de marzo del 74, en el Monumental, que terminó 3 a 1, con tres goles del Puma Morete– cuando me acerqué al televisor blanco y negro y apoyando el dedo sobre una figura pregunté ese quién es.

River –habría dicho mi viejo.

Me usta Dived –dicen que dije.

No, River caca –se supone que contestó papá, didáctico.

Según el mito, el troskista que sería se apoderó de mí y zanjé la discusión:

No, Dived es lindo, me usta Dived.

 

6.

Me cansé de ver a River campeón y jugando bien a la pelota. Tuve la suerte de ver atajar al Pato, defender –y atacar– a Passarella. El fútbol de Alonso, Francescoli, Ortega, Gallardo. Los goles electrizantes de Luque, Alzamendi, el Pelado Díaz, el chileno Salas, el Cavegol.

Fui testigo de dos Libertadores, del gol del Beto con la pelota naranja, el tricampeonato del equipazo de Ramón en el 97.

Pero…

 

7.

Hay una canción de V8 que dice todos creen en dios ante el miedo incontrolable, del ardiente metal penetrándoles la carne. O sea: de cara a la muerte es muy fácil refugiarse en la fe.

Por eso, pese a mi ateísmo militante y con perdón del bueno de Lev Davidovich, nunca fui tan de River como con –o mejor, desde– la experiencia del descenso.

Fue el infierno mismo.

Lo que pasó aquellos días me marcó para siempre: la caída en picada, el negar lo evidente, la desesperación, el vértigo, la tristeza absoluta en la cancha cuando terminó el partido contra Belgrano; el llanto de los días siguientes, escondido en el baño para que mi hija no me viera. Un mundo negro se abría ante nosotros.

Guardé el rencor para los que entonces se burlaron como he guardado pocas cosas. De la misma forma la gratitud con los que, mientras vivía el duelo, se llamaron a silencio.

Recuerdo el estupor, la sensación de que ni nosotros ni el fútbol argentino íbamos a ser nunca más los mismos. Pensé en mi abuelo y en Labruna; los imaginé en un inexistente más allá, doloridos y perplejos, y agradecí que no estuvieran acá para verlo.

 

“Habló de fútbol, Moreno, Labruna, Pedernera: él y yo éramos hinchas de River. Durante un largo rato fuimos muy felices.” (Rodolfo Walsh)

 

9.

Pienso en el Chori Domínguez.

Ni bien nos fuimos a la B, ofreció volver.

Estaba en el Valencia de España. En menos de un mes iba a jugar un partido de la Copa del Rey contra el Barca de Iniesta y Messi, probablemente el mejor equipo de la historia del fútbol. En lugar de eso, decidió venir a River a ganar ocho veces menos para que, en unas canchas inhóspitas, tipos como Santanás Paez lo cagaran a patadas.

Por eso me dio tanta bronca cuando, después de que se mandara un par de bardos de los suyos, se escucharan voces sensatas pidiéndole que actuara como un profesional.

Un profesional… Como si eso quisiera decir algo.

Un profesional hace la de Crespo: evalúa, mide riesgos y ventajas, saca cuentas y decide quedarse en Italia. O retirarse del fútbol. Pero no venir a jugar contra equipos que se llaman, qué sé yo, Desamparados de San Juan.

El Chori, no.

Él es uno de nosotros, pero con pantalones cortos.

 

10.

Cuando le metimos el segundo gol a Almirante Brown me desplomé y lloré, lloré, lloré. Puteaba de dolor y alegría y lloraba, sentado en una butaca de la San Martín Alta.

De pronto sentí una mano en el hombro, una voz desconocida que me decía “ya está, flaco, ya pasó; dale”.

Ya pasó.

No, no pasó, pensé, nunca va a pasar.

Como si el infierno pudiera pasar.

Y volví sobre la idea de un año antes: ni nosotros ni el fútbol argentino íbamos a volver a ser los mismos.

Pero había que ponerse de pie y eso hice.

Me levanté con vergüenza, creyendo que sería el único con lágrimas en el rostro en esa tarde de alegría. Error: a mí alrededor todo eran ojos enrojecidos, puños apretados, voces roncas, camisetas dando vueltas en el aire.

Jugando bien o jugando mal

Yo te quiero

No me importa nada

Te vengo a alentar. 

 

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Kike Ferrari nació en julio de 1972 en Buenos Aires, donde actualmente, vive su compañera Sol y sus tres hijos. Es hincha de River, bebedor de cerveza, rockero y amigo de sus amigos. Trabaja en el subte y, cuando puede, practica artes marciales.

Fue publicado en Argentina, Cuba, México, España, Francia e Italia y está en imprenta en Estados Unidos y Grecia. Recibió algunos premios, pero el mayor fue aparecer en El Gráfico con la camiseta del Más Grande.

Vio a River campéon en la cancha por primera vez en 1981. Como todos nosotros, siempre está esperando la próxima.

 

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