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El primer Superclásico del profesionalismo

En 1931 se instauró el profesionalismo en el fútbol argentino y el 20 de septiembre de ese año se disputó el primer superclásico de la nueva era. Un partido picante, fiel a su tradición, pero que nunca terminó.

Por Tomás Torres

Buenos Aires amaneció como cualquier otro día de aquel 1931. Era 20 de septiembre y hacía un año que en el país gobernaba el militar José Félix Uriburu, quien se había hecho con el poder el 6 de septiembre de 1930 tras derrocar al gobierno constitucional del radical Hipólito Yrigoyen, reelecto dos años antes. Tiempo atrás, en 1926, había sido Marcelo Torcuato de Alvear el presidente, también de la Unión Cívica Radical (UCR) y sucesor de Yrigoyen en su primer mandato, quien había impulsado la unificación de las asociaciones que desde 1919 organizaban paralelamente sus campeonatos de fútbol. Los tiempos revueltos de la política nacional se trasladaron también al deporte más popular, que desde hacía ya varios años reclamaba un cambio profundo en sus bases; el profesionalismo tocaba la puerta.

El 27 de febrero de ese año había asumido la presidencia de la Asociación Amateurs Argentina de Football Juan Pignier, que ya en el cargo principal revalidó su postura: “Hay que implantar el profesionalismo si es que se desea gobernar con la realidad de los hechos”. La realidad hablaba por sí sola y decía muchas cosas. En los últimos años se había iniciado la lenta transición hacia la profesionalización del deporte con lo que se llamaba amateurismo marrón, una costumbre en auge practicada y fomentada por todos los clubes adheridos a la Asociación. En pocas palabras, los responsables de los clubes empleaban de manera ficticia en fábricas o comercios a los jugadores más importantes y les pagaban un sueldo que les sirviera para dedicarse exclusivamente a la práctica del fútbol.

Se había iniciado la lenta transición hacia la profesionalización del deporte con lo que se llamaba amateurismo marrón: los responsables de los clubes empleaban de manera ficticia en fábricas o comercios a los jugadores más importantes y les pagaban un sueldo para dedicarse exclusivamente a la práctica de fútbol.

Ante tal panorama la Asociación se encargó de enviar a cada club un cuestionario de nueve preguntas que consultaba acerca de la conformidad con el sistema en práctica; el amateurismo marrón y la disyuntiva de volver al puro amateurismo o reglamentar el profesionalismo; las medidas a tomar respecto a los patrocinios en caso de volcarse hacia la mercantilización del deporte. La consulta obtuvo la solitaria respuesta, fechada el 11 de mayo, del Club Atlético River Plate que se notificó “partidario de que se haga el profesionalismo dentro de la Asociación y que, con respecto al mismo, emitirá su opinión al discutirse los proyectos que se eleven a consideración de la Asamblea de esa entidad”.

Pero una semana después, ya anunciada públicamente la constitución de una Liga de profesionales, 18 clubes, entre ellos River, Boca, Racing, Independiente, Racing, Estudiantes y San Lorenzo, renunciaron a la Federación, que continuó como minoría hasta el 20 de junio cuando cambió la denominación: la Asociación Amateurs Argentina de Football nucleó al amateurismo y al profesionalismo y adoptó el nombre de Asociación Argentina de Football. Por su parte, los clubes que impulsaron la escisión fundaron la Liga Argentina de Football. El fútbol ya era profesional.

Las agujas señalaban la una en el barrio obrero de La Boca, que gozaba parcialmente de su domingo de descanso. En el field que nacía de la intersección de las calles Brandsen y Valle Iberlucea, y moría contra las vías del ferrocarril, ya había acción.

Los equipos de Reserva de River Plate y Boca Juniors actuaban en la antesala del partido más esperado de la Primera División. Con las tribunas colmadas hasta la asfixia se desarrolló el encuentro preliminar, y fue quizás ese clima infrecuente para un partido de estas características el que allanó el camino hacia un lamentable final.

Los locales, que marchaban invictos en el torneo de Reserva, se habían puesto rápidamente en ventaja evidenciando notoria superioridad sobre la juventud riverplatense. Luego anotaron el segundo gol y todos los jugadores de River protestaron alegando un offside. El enojo se tradujo en acción, y Antonio Ganduglia consiguió un rápido descuento, aunque festejó con insultos hacia el zaguero boquense Luis Strada, que no vaciló y de una patada con su botín derecho le tiñó de escarlata el rostro. La policía tuvo que intervenir para arrastrar a Strada, ya expulsado, fuera del campo de juego. Sin embargo, el capitán de River respondió a la agresión con una retirada del campo de juego.

Con ese clima caldeado se esperó por los primeros equipos de River y Boca. A esta altura ya representaban a las dos instituciones con mayor caudal de afiliados a sus gradas. La enemistad innata que cargaban por la geografía de sus albores, se vio potenciada en 1923 por la salida del barrio de River hacia el acomodado barrio de Recoleta, que tanto distaba de la realidad social de La Boca. A siete cuadras de donde se iba a jugar el partido, en la manzana delimitada por las calles Gaboto, Pinzón, Aristóbulo del Valle y Mendoza, yacían los vestigios de lo que había sido la casa de River.

Pasadas las dos de la tarde, con el sol que caía vertical y potente quemando la eventual hierba y secando la abundante tierra del terreno, los equipos dieron sus primeros pasos sobre el campo de juego alineando de esta forma:

Boca Juniors: Domingo Fossati; Ludovico Bidoglio y Ramón Muttis; Gerardo Moreyras, Cataldo Spitale y Pedro Arico Suárez; Donato Penella, Fiorentino Vargas, Varallo, Roberto Cherro y Antonio Alberino.

River Plate: Jorge Iribarren; José Baldivares y Juan Carlos Iribarren; Esteban Malazzo, Manuel Dañil y Camilo Bonelli; Peucelle, Pedro Marassi, Emilio Castro, José Lago y Camilo Méndez.

A las 14:45 del 20 de septiembre de 1931, sin mediar inconveniente alguno, River y Boca empezaron a escribir la historia del Superclásico en la era profesional, los que, se dice, “cuentan”.

Aunque las tribunas parecían ceder ante el peso de la multitud, una ausencia de mayor lastre se registró. De gozar de su libertad, seguramente hubiese estado allí junto a los suyos, mirando cómo su club jugaba ante Boca un partido histórico. Pero el régimen de Uriburu lo había privado de una vida normal, llevándolo tras las rejas –apenas 11 días antes de este partido- y sometiéndolo a la vejación y tortura que los opositores al gobierno de facto sufrieron durante la Década Infame en el país. Leopoldo Bard, presidente fundador de River Plate, cargó con la “culpa” de ser radical –fue diputado en los años de Yrigoyen y Alvear, y guardaba una gran amistad con el primero– y eso le valió pasar los primeros años de la dictadura, hasta 1932, en la cárcel, suerte que corrieron todos los identificados con su partido político.

Pero no había lugar para pensar en eso. Entonces Castro dio comienzo a las acciones tocando para Lago. Los primeros minutos transcurrieron con agobiante tortuosidad por el nerviosismo que los jugadores habían absorbido del aire enrarecido que ya se respiraba en el ambiente.

El primer gol estuvo en los pies de Peucelle, que se anticipó en un centro rasante  de Bonelli. Con un tiro fuerte, alto y cruzado, hizo valer el alto precio de su contratación y quebró el cero a los 17 minutos. En la acción siguiente, un intento de Varallo hizo romper las gargantas de medio estadio que luego quedó anonadado al ver que el supuesto gol en realidad había terminado a un costado de la red. A los 19 minutos Moreyras se lesionó y abandonó el partido.

Cuando el cronómetro marcaba 26 minutos, Varallo recuperó una pelota dentro del área y de un tirón eludió a Bonello, Dañil y J.C. Iribarren, pero al final de la corrida se encontró con la violenta arremetida del zaguero Baldivares. El árbitro Escola sancionó penal. El propio Varallo tomó el cuero, lo posicionó en el punto penal y miró de frente a J. Iribarren. A la orden de la ejecución Varallo respondió con un potente tiro recto que encontró destino en la rodilla del arquero. El rebote volvió a los pies del delantero, pero otra vez se topó con toda la humanidad Iribarren, que no pudo evitar en el segundo rebote que la insistente pelota retornara con invariable destino de gol a los pies de Varallo. Rendido ante la fatalidad, el arquero se revolcó nuevamente, pero no encontró otra cosa que el botín del delantero en uno de sus muslos.

Y fue el fin.

Iribarren corrió hasta Escola aludiendo un golpe en la pierna y el resto de sus compañeros se le fueron encima al referí que había señalado el gol boquense. Los jugadores de River Baldivares, Bonelli y Lago fueron actores principales del desmadre, y a fuerza de puntapiés contra Escola provocaron la huida del árbitro, que corrió a refugiarse en la casilla de autoridades, no sin antes echar a los tres. Y la historia se repitió: el capitán de River reunió a los suyos y se retiraron del campo de juego, seguidos por los rivales. Fue Escola quien decidió la suspensión a los 30 minutos ante la negativa de los tres expulsados de River de abandonar el campo de juego. Luego el tribunal le otorgaría la victoria a Boca.

El descontento y la vergonzosa actuación de los deportistas se trasladaron a las tribunas, que ante la interrupción del juego iniciaron una gresca que incluyó el destrozo y lanzamiento de carteles de anuncios publicitarios, y focos de incendios en numerosos sectores de las tribunas de tablones. Una dotación del cuerpo de bomberos voluntarios de La Boca se hizo presente para reducir las llamas y provocar con los chorros el esparcimiento de las hinchadas. La Policía a caballo y los conscriptos que conformaban el operativo de seguridad insinuaron comenzar a lanzar gases lacrimógenos, pero el desorden abandonó la escena y los hinchas se alejaron de la inminente represión.

La indignación ante vergonzoso espectáculo conmovió a la prensa que, al día siguiente y según informes de un alto funcionario de la repartición policial, anunciaba que en caso de repetirse desórdenes como los acontecidos en el clásico se prohibiría la realización de partidos de football… justo cuando la historia empezaba a escribirse.

Fuentes: Diarios La Vanguardia y El Diario

ESTE ARTÍCULO LO PODÉS ENCONTRAR EN EL N°91 DE REVISTA 1986

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